Otros documentos Junio 2006.

Presentación del libro Mapudungun. El habla mapuche de Fernando Zúñiga

Sonia Montecino |

Presentación del libro Mapudungun. El habla mapuche de Fernando Zúñiga y editado por el CEP. Sonia Montecino es académica del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y escritora.

Cuando Fernando me pidió esta presentación, me pregunté de inmediato por las razones que alguien podía tener, en el escenario del Chile contemporáneo, para escribir un libro sobre la lengua mapuche. ¿Simple pasión de un lingüista? ¿Ejercicio de erudición? ¿Gesto de réplica a los textos clásicos sobre el idioma de los mapuches? Luego de leer el libro —construido impecablemente en siete capítulos que abordan el contexto histórico mapuche, la estructura de su habla (sonidos, palabras y oraciones), textos de la tradición oral, un glosario, una bibliografía y un disco donde accedemos a la experiencia sensible de la lengua— y haber conversado con el autor, una puede darse cuenta de que, sin duda, muchas de esas interrogantes son respondidas y están en juego en su escritura, pero se aprecian varias más agazapadas en su texto, como el una cierta “política cultural” que más que explícita es intertextual.

La lectura que realizo del libro de Fernando Zúñiga no es la de una experta en lingüística, sino la de una lectora cuya mirada se afinca en algunos conocimientos sobre ciertos aspectos de la sociedad mapuche, pero sobre todo la de una lectora que siente inquietud por la producción ligada a la tradición oral y a sus tensiones con la escritura, y del mismo modo interesada, desde hace mucho, en los laberínticos y complejos nexos entre la sociedad chilena y la mapuche. Desde ese lugar puedo sostener que el aporte que hace Fernando Zúñiga con este texto es destacable, pues tiene el mérito de construirse como una relativamente fácil manera de conocer la lengua mapuche, para quien desee aproximarse por primera vez a su estudio, o simplemente para quien tenga la curiosidad de saber cómo es su estructura y escuchar sus cadencias. Del mismo modo, para los que se sientan motivados a profundizar en los saberes expuestos, el autor proporciona referencias bibliográficas relativas al plano propiamente lingüístico, mas también a otros de índole general sobre el pueblo mapuche.

Pero este libro también puede leerse como un excelente manual para enseñar el mapudungun, y en ese sentido es convergente con las nuevas tendencias de las políticas públicas hacia los pueblos originarios, en cuanto a la necesidad de contar con herramientas pedagógicas con pertinencia cultural. Sobre todo, estimo que es una muy buena sistematización que debería estar presente en los programas universitarios de educación intercultural, pero de manera fundamental en los liceos y colegios donde se educan los niños y niñas no mapuches, pues a mi juicio, lo intercultural debería operar, como su concepto lo indica: entre culturas, aludiendo a los aportes igualitarios de las diversas tradiciones sociales, valorando —como lo hace el libro de Fernando— producciones culturales cuyo conocimiento expande, enriqueciendo, los sonidos del alma humana. De este modo, Mapudungun se impone como un nuevo y actualizado estudio sobre la lengua mapuche, pero en tanto publicación inserta en un contexto, cruza lo estrictamente disciplinario para posarse en medio de un campo de tensiones y conflictos que tocan a la cultura y a sus modos de producción y legitimación, así como a su lugar en la construcción de las identidades étnicas y a las demandas en torno a ellas.

Quisiera destacar la presencia en este libro de una situación constante, (más precisamente: de una emoción recurrente) en quienes se adentran al estudio de lo mapuche, o de quienes se aproximan a su universo: se trata de esa fascinación, esa seducción, esa atracción por sus saberes, por su historia, por la pertinacia de no desaparecer, por la maravillosa complejidad de su cultura y sus constantes reelaboraciones simbólicas y políticas, por esa porfiada manera de habitar el mundo. Posiblemente la marca escritural de nuestro “cautivo feliz”, Pineda y Bascuñán, inaugure esta emoción, pero también la de la propia Gabriela Mistral. No se puede olvidar, al respecto, la conferencia que en el año 1938 dictó en Montevideo sobre el folklore chileno. Ahí leyó cuatro textos “araucanos” —como era el modo habitual de referirse a los mapuches— ya traducidos: una oración (la invocación para pedir el buen tiempo), dos ül (cantos): uno de mujer y el otro del cacique Mariñanco, y por último, el epeu titulado La historia de un muerto que se casó con una viva. En la conferencia fue analizando minuciosamente esta “literatura”, a la que califica con “una derechura de expresión” opuesta a la “retórica, a la exageración, a la hinchazón […] y aunque se suele decir que esta sobriedad no es vital, que es sólo miseria lingüística; no hay tal” (Pensando Chile, p. 105). Mistral habla fundadamente: ella ha sido profesora de las niñas mapuches en Temuco y por ello las califica de “sobria[s] por una gran honradez en la palabra, por un sentido de que la palabra debe ser suficiente, y no ir más lejos” (óp. cit. loc. cit). Está convencida de la maravilla que son los poemas —así los llama— mapuches que ha leído a la audiencia e insta a conocer esa fuente que es el folklore, a “salvarla” porque “[e]sas son las escrituras sacras nuestras del indígena, y les digo nuestras porque es necesario que el mestizo —aquí hay pocos— entienda que es la única manera de hablar; que él no puede hablar del indio destacándolo hacia fuera como quien tira el lazo. El indio no está fuera nuestro: lo comimos y lo llevamos dentro” (óp.cit, p.116).

Fernando no escapa a esta fascinación amorosa por lo mapuche de la cual hemos hablado: en un subtítulo nos dice “el mapudungun, una lengua admirable”, podríamos pensar incluso que su intento se asienta en demostrarnos, con una argumentación sólida, el estatus igualitario del mapudungun en relación a otros idiomas: “Así como el castellano contemporáneo no es una lengua 'atrasada' si se la compara con el inglés, el alemán o el francés, el mapudungun tampoco lo es si se lo compara con cualquier otra lengua” (p. 20). De esta manera, el autor nos llama a comprender que la cultura mapuche —expresada, recreada y reproducida en su lengua— posee el mismo rango que las demás, y nos invita entonces a conocerla, a fascinarnos también en y con sus múltiples sonidos y combinaciones. Empero, este libro no sólo se empeña en decirnos eso a nosotros (los mestizos que nos hemos comido al indio), sino también a los propios mapuches que han perdido su idioma en los distintos avatares de su inclusión-exclusión de la sociedad chilena.

Hablé al comienzo de lo no explícito, de esa “política cultural” que leo en la intertextualidad del libro de Fernando. Si nos detenemos un poco en los epígrafes, vemos un primer gesto que tiene que ver con una suerte de barroquismo, una puesta en conexión de lo mapuche con autores como Goethe, Somerset Maugham, Josep Maria de Sagarra, entre otros (algo así como ese estilo rokhiano de hacer contiguos un curanto y el cíclope de Eurípides, sin ningún problema). Ello se lee también en las “notas comparativas” que están siempre ejemplificando por semejanza o diferencia el mapudungun con las otras lenguas. Pero estos epígrafes también nos llaman a nuevas lecturas. Por ejemplo, el de la introducción, de Goethe, nos dice: “Quien no conoce otros idiomas no sabe nada del propio”. Esto nos remite al ámbito de una cierta concepción de la antropología en la cual a través del “otro” conocemos el nosotros y, atendiendo a la materia del libro, podríamos decir quizás: si no conocemos el idioma mapuche —es decir, la cultura mapuche— no sabemos nada de la cultura chilena. El capítulo I se abre con la Odisea: “¿quién eres, y de dónde vienes?, ¿dónde están tu ciudad y tus padres?”, una pregunta que se relaciona con el viajero y sus orígenes en un acápite precisamente destinado a situar históricamente a los mapuches (bosquejo por cierto demasiado superficial y perfectible), pero entendido desde el epígrafe como la invitación a una interrogación, a la construcción de un relato sobre los orígenes. Para terminar con estos ejemplos, el epígrafe del capítulo V de Josep Maria de Sagarra nos dice: “Y tú, nacido de una estirpe dura, / por más que el mundo cruces y recorras, / llevarás para siempre en la mirada / la huella de la tierra, que nunca se disipa. / Y los pueblos que escuchen tus canciones, / en el límpido aire verán flotar / la paz de las horas pasadas/ junto al leño encendido.” Podríamos entender aquí a los mapuches como dueños de un linaje poderoso, entrelazados a la tierra, poseedores de canciones (una lengua, una cultura) que le dicen a los otros (los otros pueblos) de su imborrable pertenencia a una cultura (la paz de los fuegos en que se cocina la humanidad).

Podríamos seguir con el juego intertextual que nos propone Fernando, pero con ello sólo me interesaba consignar que este libro, entonces, no es una simple actualización de otros estudios —como el de Adalberto Salas, aludido explícitamente por el autor—, ni una obsesión —o pasión— típica de los lingüistas por seccionar y analizar la estructura de una lengua, sino una presentación, en definitiva, de la cultura mapuche. Y en ese sentido, el libro se inserta en una discusión sobre el carácter de la sociedad mapuche y de sus “problemas”. Como sabemos, hay quienes piensan que no podemos comprender a los mapuches sino como pobres, es decir, reduciendo su identidad a la del conjunto de una clase desmedrada. El texto que hoy comentamos, por cierto pone de manifiesto que no se trata de sujetos inmersos en la categoría de “pobres”, sino de sujetos que pertenecen a una cultura, con una lengua que la actualiza y con una tradición oral que sabe muy bien lo que se recuerda y lo que se olvida. Las culturas orales, como dice Goody, tienen la ventaja homeostática de crear una política del olvido, pero sobre todo de lo que vale la pena recordar para que el pasado se viva en función del presente. ¿Qué nos dicen, si no, los poemas de Leonel Lienlaf reproducidos y traducidos en el libro?: De Ngillañmawün: “Plata y colores de tierra / protegen mi corazón, mi alma / así estoy de pie / para ver el rostro de la noche / profunda / donde se miraron los antiguos guerreros…. Grandes jefes, / ustedes que duermen en la tierra de arriba, / eleven mi corazón y mis sueños, porque frente a sus esteros estoy cantando”, o de We tripantu: “Sobre el rocío del canelo / mis antepasados vuelven / y a orillas del fogón / la machi escucha/ el murmullo del viento / sobre el rehue / 'Despierten, despierten' / grita el chucao desde la vertiente. / 'El amanecer, el amanecer' / anuncian los treiles en el valle. / Ya es hora de cantar junto al agua, / papay. / Ngenko me limpiará de los malos sueños”.

De este modo, más allá o más acá de lo lingüístico, Mapudungun: el habla mapuche, de Fernando Zúñiga, emerge como una propuesta, dentro de una cierta “política cultural”, que demuestra lo incorrecto de entender a los mapuches simplemente como un conglomerado de pobres, abriendo entonces la discusión a la profundidad y complejidad de sus nexos con el mundo chileno, aquel —la mayoría de nosotros— que en clave mistraliana no acepta aún —no sabe o no quiere saber— que los lleva dentro, que en un ritual canibalístico se los ha comido. Celebro por ello la publicación de esta “habla mapuche” porque emerge en medio de una época que nos arroja a nuevas preguntas sobre el lugar de este pueblo en la sociedad nuestra, sobre la dislocación que provocan algunas de sus demandas; pero sobre todo por el crucial papel de una tradición oral que, ya sea transmitida a través del mapudungun o en castellano mapuchizado, enuncia a la cultura como fuente de una política simbólica que señala los cambios y continuidades del recuerdo, estrellada con la escritura, esa oralidad se resemantiza, a veces transformándose, pero nunca desapareciendo como locus de un relato que se comunica incansable.

Este libro que felizmente nos ha traído Fernando Zúñiga es un prístino ejemplo de que recién nos abrimos a procesar (o digerir para seguir en la clave alimenticia) nuestro banquete caníbal siendo hoy un poco más capaces de incorporar, tolerar y escuchar los sonidos, palabras y oraciones del habla mapuche.

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