Puntos de Referencia N° 372, mayo 2014

Reflexiones sobre el Modelo. Crecimiento, desigualdad y prosperidad en la economía global

Raphael Bergoeing Vela |

Las protestas contra el sistema económico de mercado y globalizado, predominante en el mundo, se han hecho más frecuentes y masivas durante los últimos años. En parte, esto es una reacción al aumento en el desempleo en los países desarrollados post crisis subprime, pero también a lo que se percibe es una distribución injusta de las ganancias que genera el modelo. En este contexto, se presentan reflexiones motivadas por la necesidad que tiene Chile de alcanzar el desarrollo económico, superando la eventual trampa de país de ingreso medio. La economía chilena ha progresado mucho durante las últimas tres décadas, tanto al compararla consigo misma como con la región. Nuestro ingreso promedio ajustado por poder de compra se acerca a los US$ 20.000 anuales, y es el más alto en América Latina; no obstante, aún falta recorrer la segunda mitad del camino que nos separa de los países más avanzados, cuyos ingresos promedio bordean los US$ 40.000. Además, la eficiencia agregada –principal fuente de crecimiento– se ha desacelerado significativamente desde fines de los años 90, y la desigualdad –potencial barrera para la sustentabilidad del crecimiento en la etapa de desarrollo que viene– se ubica entre las más altas del mundo.

Para alcanzar estos objetivos, no hay que reemplazar el modelo económico; por el contrario, debemos fortalecerlo, arreglando sus fallas. De hecho, es gracias al avance que este modelo ha generado el que en Chile hayamos podido plantearnos metas económicas más desafiantes recientemente. Por ejemplo, sin el ingreso alcanzado durante las últimas tres décadas, probablemente hoy no estaríamos debatiendo sobre desigualdad. O al menos no lo estaríamos haciendo con posibilidades realistas de combatirla sustentablemente.

Así, debemos cuidar lo que tenemos, pero también entender que para mantener un crecimiento elevado una vez alcanzado un nivel de ingreso medio alto como el nuestro, se necesitan compromisos públicos mayores y reformas competitivas más profundas que las ya asumidas. Y es que el aumento en eficiencia necesario para alcanzar el desarrollo supera varias veces lo logrado en el pasado.

Actualmente, la eficiencia agregada en Chile es menos de la mitad de la observada en economías más desarrolladas. En Estados Unidos, por ejemplo, el producto generado por hora es en promedio cercano a los US$ 70, en cambio en Chile, no supera los US$ 20.

El mensaje principal de este documento es que el reto político de nuestro tiempo consiste en conciliar un mayor dinamismo económico con mayor equidad. Sin reformas sociales que den sustentabilidad al modelo –que aporten estabilidad como lo hicieron las buenas políticas macroeconómicas en las décadas previas– y sin una institucionalidad fortalecida que proteja el buen funcionamiento de los mercados, promoviendo nuevas ganancias de eficiencia, no cerraremos la brecha que nos separa del desarrollo económico.

Se proponen dos reformas complementarias, entre muchas otras posibles, que permitirían perfeccionar la institucionalidad económica chilena. Por una parte, fortalecer la regulación de conglomerados económicos, con énfasis en los que participan en el sector financiero. Esto reduce el riesgo de crisis sistémicas y protege la competencia. Además, mejorar el sistema de financiamiento de los partidos políticos, de modo de debilitar el vínculo entre los poderes económico y político, y fortalecer su rendición de cuentas.

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