Estudios Públicos Nº 57, 1995.

Felicidad y amor en la mística cristiana

Jorge Peña Vial |

Las bienaventuranzas, las ocho maneras de ser felices —advierte Jorge Peña en estas páginas—, abren un profundo surco. Las ideas comunes y triviales de felicidad se desmoronan. El efecto revolucionario y escandaloso de las bienaventuranzas siempre se ha hecho sentir. Todo depende de la actitud del sujeto: no basta sufrir, hay que comprender el sufrimiento y amarlo. Las bienaventuranzas son recias y realistas; superan a las teorías y bellas palabras en torno a la felicidad; se abren a toda la realidad y piden una plena y total aceptación.
Desde una perspectiva antropológica, señala el autor, la peculiaridad del hombre es que puede "desconsiderarse" a sí mismo y, hasta cierto punto, relativizarse. (El animal ni se relativiza ni se absolutiza). El yo existe para abdicar de él, para amar, y mediante esa abdicación transformarse en un yo más verdadero y personal, dispuesto a autodonarse. Es el lenguaje de los místicos: el alma que no está llena de amor muere de mala muerte. El amor, tanto el humano como a Dios, está demasiado inficionado de amor a sí mismo en los primeros estadios. Dios quiere que ese amor se purifique de las adherencias que desdicen de su esencia, y Él mismo se empeña en ese proceso porque quiere venir a habitar en nuestras almas.

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