Opinión La Tercera, 27 de enero de 2019

Venezuela libre

Sylvia Eyzaguirre T. |

Según las Naciones Unidas, este es el mayor movimiento migratorio en la historia reciente del continente latinoamericano.

La semana pasada tuve el privilegio de conocer a Ayaan Hirsi Ali, feminista y activa defensora de los derechos de la mujer y, en particular, de las mujeres musulmanas.

En esa oportunidad ella le preguntó a Richard Dawkins por qué la centroizquierda en Europa y Estados Unidos había abrazado con tal fuerza el multiculturalismo hasta el punto de claudicar en la defensa irrestricta de los derechos humanos cuando se trataba de personas de otras culturas. En concreto, Ayaan preguntaba por qué los norteamericanos toleran que en 22 estados de su país se pueda practicar la mutilación genital femenina, por qué los ingleses emiten miles de visas al año a hombres musulmanes que se casan con jóvenes musulmanas inglesas menores de edad que han sido forzadas. Por cobardes, respondió Dawkins. El temor a ser declarado racista o xenófobo, consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, ha llevado a los ingleses a ser tímidos, por no decir cobardes, en la defensa de los derechos humanos de los niños y mujeres de otras culturas que viven en Inglaterra, derechos que ellos conciben como universales e irrenunciables para sus propios hijos y mujeres, sentenció Dawkins. Un invitado le hizo notar a Ayaan que su legítima lucha contra la opresión de las mujeres musulmanas y, en ese sentido, contra el multiculturalismo, le era útil a la derecha conservadora. Ayaan no titubeó en responder que los derechos humanos se defienden siempre, sin importar la utilización política que otros puedan hacer. Una defensa genuina no tiene complejos, no puede ser vanidosa.

Las declaraciones de Ayaan me recordaron el doble estándar de la izquierda en lo que respecta a los derechos humanos (la derecha, no es novedad, los tuvo tristemente). ¿Por qué ha sido tímida la izquierda para condenar violaciones a los derechos humanos de regímenes totalitarios de izquierda? ¿Cómo la izquierda puede defender todavía a Cuba o Venezuela, cuando ellos mismos vivieron en carne propia los horrores de nuestra dictadura? Hasta hace poco, Mayol y otros del Frente Amplio se negaban a condenar lo que estaba sucediendo en Venezuela. Las diputadas Camila Vallejo y Karol Cariola defienden todavía a Fidel Castro y la dictadura cubana, y sin embargo dicen ser defensoras de los derechos humanos. Por supuesto, no todos en la izquierda piensan igual. Gabriel Boric criticó sin tapujo las dictaduras de izquierda, pero recibió a cambio duras críticas de su sector. Y por fin vemos a un PPD sin complejos, reconociendo a Juan Guaidó como Presidente interino en Venezuela.

Lo que ha ocurrido en Venezuela no puede dejar de conmovernos.

Cerca de 2,3 millones de personas han huido de allí en los últimos años.

Según las Naciones Unidas, este es el mayor movimiento migratorio en la historia reciente del continente latinoamericano. No soy especialista en política internacional, pero no hay que ser experto para darse cuenta la profunda crisis política, económica y social que vive ese país. Opresión, presos políticos, censura, miseria (82% de pobreza), éxodo, fraude electoral, concentración del poder, corrupción; y algunos siguen insistiendo que todo esto son fake news creadas por Estados Unidos. Han salido voces de izquierda a criticar el reconocimiento de Chile al Presidente Guaidó, temiendo por un enfrentamiento sanguinario.

Al parecer se les olvida que las armas las tiene Maduro, que las utiliza para acallar al pueblo y que de haber sangre será la del pueblo venezolano en manos de Maduro y no al revés. Me alegra que nuestro Presidente no haya dudado en defender la democracia en Venezuela y apoye con convicción el clamor de su pueblo reconociendo a la única institución democrática de Venezuela, su Parlamento. No deja de impresionar cómo el mundo se vuelve a dividir en dos bloques: Rusia y China, por una parte; Canadá, Estados Unidos y América del Sur, por otra. Una vez más, la Unión Europea toma palco. Dawkins ya nos explicó por qué. Pero esta nueva actitud de Chile, de ser consistente y guardando todas las proporciones, nos debería llevar a preguntarnos ¿qué vamos a hacer con China?