Opinión | La Tercera, 12 de abril de 2018

Congestión y tiempos muertos

La congestión y los problemas del transporte público han ido ocupando un espacio creciente del debate.

Más allá del "colapso histórico" de la ruta 68, lo cierto que estamos frente a una situación compleja y que incide directamente en nuestra calidad de vida. Un ejemplo es el tiempo que gastamos diariamente de la casa al trabajo. Para muchos se trata de tiempos muertos que, además de afectar el bienestar, podrían desalentar la decisión de participar en el mercado laboral o bien limitar los tipos de trabajo a los que podemos acceder.

Revisando datos de encuesta Casen de 2015, la que por primera vez incluyó preguntas en este ámbito, nos encontramos con varios resultados esperables y otros que no lo eran tanto. Entre los primeros, que los santiaguinos perdemos mucho más tiempo que los demás, con promedios en torno a los 50 y 30 minutos de viaje, respectivamente. También, que en todas las ciudades y para todo ingreso, los viajes al trabajo en automóvil demoran menos que aquellos en transporte público. Esto último parece obvio. El problema es que también es obvia su implicancia: el parque automotriz seguirá creciendo.

En cambio, llama la atención que, de existir un vínculo entre el nivel de ingreso y tiempo de viaje, esta asociación solo se da en Santiago y se acota a los dos deciles más ricos, los que registran tiempos significativamente menores. Además, solo en Santiago vemos diferencias importantes según oficio, destacando los largos trayectos de quienes trabajan en el servicio doméstico y la construcción. Con todo, estos dos casos parecen representar situaciones más bien excepcionales. Los demás oficios no muestran mayores diferencias.

Encontramos también que las mujeres registran tiempos de viaje menores que los hombres. Ahora, estas diferencias se presentan exclusivamente cuando ellas están en pareja y, en particular, cuando tienen hijos, lo que parece dar cuenta de una asimetría en la distribución de responsabilidades al interior del hogar. Por otro lado, intuitivamente, debiera esperarse que la participación laboral baje a mayor distancia entre la vivienda y las áreas que concentran los empleos. La evidencia consultada no da cuenta de esto, salvo en el sector oriente de Santiago. Es más, a pesar de su extensión y niveles de congestión, Santiago registra la mayor participación laboral femenina de todo el país, diferencia que prevalece en todo nivel de ingreso.

Ahora, si bien los problemas de movilidad de Santiago no parecen desalentar la participación laboral, sí es posible que éstos condicionen los resultados. Al estar las oportunidades restringidas al área factible de recorrer en el tiempo disponible, las opciones serán menos, especialmente para las mujeres, que lamentablemente no parecen tener la misma libertad de movimiento que sus parejas. Ventanas de tiempo más limitadas restringen también los salarios potenciales, en particular para mujeres de zonas periféricas.

Por lo mismo, sigue siendo pertinente evaluar alternativas para acelerar los traslados, para evitar la concentración de viviendas sociales en la periferia y para facilitar el desarrollo de subcentros de servicios que, eventualmente, se traduzcan en más dispersión del empleo. Más que un aumento drástico de la participación laboral femenina, medidas así debiesen traducirse en mejores oportunidades y salarios.

Slaven Razmilic

Slaven Razmilic

Áreas de Investigación: Desarrollo urbano, política habitacional, transporte y descentralización / Modernización del Estado, gestión presupuestaria y de información en el Estado

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