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Cuando los números hablan y la política calla

Sandra Quijada J..

Cuando los números hablan y la política calla

La sala cuna universal es una pieza clave de este apoyo y no puede seguir siendo una promesa recurrente. No se trata de ideología, sino de futuro.

Hace tiempo que la drástica caída en la tasa de natalidad se instaló en la discusión pública. No es una moda ni una alarma pasajera es el síntoma más visible de un profundo cambio demográfico, cuyo correlato inevitable es el envejecimiento acelerado de la población. Sus efectos se proyectan con fuerza sobre el crecimiento económico, el sistema de pensiones, el mercado del trabajo y, de manera cada vez más evidente, sobre los sistemas de cuidados.

Las cifras de las proyecciones de población del Instituto Nacional de Estadísticas, publicadas a fines de enero, confirman que esta tendencia no solo se mantiene, sino que se profundiza. El número de hijos por mujer seguirá cayendo y, ya en 2025, la tasa global de fecundidad descendería a 0,97 hijos por mujer: la cifra más baja registrada en la historia del país. Más aún, se estima que en la próxima década podría llegar a los 0,8 hijos por mujer, un umbral propio de países que entran en una fase critica de contracción demográfica.

Al mismo tiempo, la esperanza de vida continuará aumentando. Hoy bordea los 81 años y hacia 2070, alcanzaría los 88 años. La combinación de baja natalidad, aumento de la esperanza de vida, reducidas tasas de mortalidad y un saldo migratorio moderado configura un escenario en que, en apenas una década más, la población chilena comenzaría a disminuir de forma gradual, hasta llegar a unos 17 millones de habitantes en 2070. De ese total, un 50% estará compuesto por personas sobre los 60 años y habrá aproximadamente 600 personas mayores por cada 100 menores de 15 años.

Esta realidad impone desafíos urgentes que deben abordarse. Entre ellos, uno de los más apremiantes está en los cuidados, cuestión que se expresa con claridad en el proyecto de sala cuna universal. Se trata de una iniciativa largamente postergada más de una década de discusión parlamentaria, avances parciales, retrocesos incomprensibles y, ahora, ad portas de que termine un nuevo gobierno sin lograr un acuerdo definitivo.

Impulsar el proyecto de sala cuna no es solo una política pública deseable; es una respuesta estructural a los cambios demográficos que enfrentamos. Su impacto potencial permitiría, por ejemplo, aumentar la participación laboral femenina, amortiguando –al menos transitoriamente– la reducción de la fuerza de trabajo que acompaña al envejecimiento poblacional. Por otra parte, entregaría a las familias un mínimo de certezas en un contexto donde criar hijos se ha vuelto una decisión cada vez mas difícil. No se trata de que las familias tengan más hijos, sino de que puedan tener los hijos que desean, y no solo aquellos que las condiciones materiales les permiten.

El desafío para el nuevo gobierno es claro. Tal como señala su programa, debe implementar un apoyo real a la infancia y, con ello, a las familias, ya que es una condición indispensable para enfrentar el Chile que viene. La sala cuna universal es una pieza clave de este apoyo y no puede seguir siendo una promesa recurrente. No se trata de ideología, sino de futuro.