Las insólitas palabras de Paul Johnson obedecen a la lógica de las guerras del pasado, cuando el enemigo era un país. Hoy está cada vez más claro que no lo es.
El quinto aniversario del atentado contra las Torres Gemelas ha generado reflexiones sobre el origen y alcance del terrorismo islámico, y la estrategia para combatirlo. Reflexiones en algunos casos iluminadas; en otros, cuestionables, como la del ensayista inglés Paul Johnson en una entrevista en este diario.
Según él, la guerra contra los terroristas va bien, porque se ha frustrado el intento de llevarla a las ciudades de Occidente. Al contrario, se ha podido llevarla «hacia donde corresponde, al Medio Oriente, al corazón del mundo musulmán…, donde la mayor parte de la gente son musulmanes, y son ellos los que están siendo eliminados por soldados profesionales de Estados Unidos y otros países».
Johnson es amigo de Bush y Blair. ¿Pensarán como él? De todas maneras, sus insólitas palabras, en el mejor de los casos, obedecen a la lógica de las guerras del pasado, cuando el enemigo era un país. Hoy día está cada vez más claro que no lo es.
Se ha confirmado, por ejemplo, que nunca hubo un lazo entre Saddam Hussein y Al Qaeda. Irak se ha convertido más bien en una inspiración para los terroristas. Scotland Yard ha descubierto que muchos musulmanes británicos han ido a inmolarse allí, en ataques suicidas. Si es así, Irak habrá contribuido también a inspirar a los jóvenes que se inmolaron en el metro de Londres, o a aquellos que pensaban hacerlo volando aviones con explosivos líquidos.
Otra cosa que es cada vez más obvia: el extremismo islámico no se limita para nada al mundo árabe. Algunos de los atentados más desaforados, como el de Bali o los de Londres, fueron ideados por musulmanes que no pueden leer el Corán en el original. Tampoco son árabes los terroristas talibanes o chechenos. O los que vuelan templos hindúes. El terrorismo islámico es ubicuo.
Muchas de sus vertientes más despiadadas nacen en el corazón mismo de Occidente. Por ejemplo, en las ciudades británicas, donde jóvenes musulmanes viven una profunda crisis de identidad. Éstos se sienten dolidos cuando el país en que nacieron invade Irak o parece no entender el dilema de los palestinos o chechenos, sus hermanos de umma, la indivisible comunidad musulmana. Sienten el dolor estremecedor del que tiene una doble identidad cuyos componentes de repente se estrellan. Como el hijo cuando descubre que sus padres se detestan, y que sufre un arrebato de culpa por haber nacido, el joven musulmán inglés se desgarra: siente culpa por ser musulmán y culpa por ser inglés.
En ese estado, oye el llamado de un imam extremista que lo invita no sólo a definirse con pasión y certeza, sino, incluso, a vivir la experiencia absoluta de la autoinmolación, la experiencia que le resolverá todo conflicto y le lavará toda culpa. Ese llamado del imam es una alternativa a otro, también absolutista y autodestructivo, que también tienta al joven confuso y tironeado: el llamado de la droga. En «Siete mares, trece ríos» (2003), la gran novela de Monica Ali, una escritora nacida en Bangladesh pero criada en Londres, hay dos jóvenes bengalíes que se crían en los barrios malos de Londres. Uno se vuelca al jihad, y el otro a la heroína. ¡Nada como la ficción para iluminar la realidad! Sobre todo, cuando lo que está en juego es el corazón de un individuo.
Los imam extremistas, al legi-timar el martirio, han creado una fuerza muy potente, una que al joven frustrado y confuso le entrega la posibilidad de acceder a la gloria infinita. Es esa fuerza la que hay que combatir para ganar la «guerra contra el terror». Para hacerlo, no sirven las guerras territoriales, aun cuando se libren en el Medio Oriente, el supuesto «corazón del mundo musulmán».