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El hombre invisible

Joaquín Trujillo S..

El hombre invisible

Menospreciado por poetas jóvenes, disfrutó en su último verano, el de 1926, de un desmesurado bombardeo epistolar llevado a cabo por dos admiradores: Boris Pasternak y Marina Tsvietaieva, los gigantes sucesores suyos.

Se cumple un siglo este año de la muerte de Rainer Maria Rilke (1875-1926), uno de los poetas más extraordinarios y quizá el más sabio del siglo XX, sensibilidad que percibió y fue al encuentro de fuerzas inconmensurables. El año pasado, habían sido 150 de su nacimiento en la Praga del extinto Imperio austrohúngaro.

Hay muchísimas buenas razones para celebrar la obra de Rilke. El siglo XX es el tiempo de las energías desatadas. La proliferación de programas políticos totalitarios y su danza frenética en torno a la bomba nuclear, de la que Estados Unidos se hizo primero, nos acostumbraron a una concepción de la energía inmensa, pero manejable.

Rilke, en cambio, que murió varios años antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que había avizorado y sufrido, en su calidad de cosmopolita radicado en Francia, la Primera, insistió en la desmesura de las fuerzas, en su descontrol de dimensiones cosmológicas, amén de que eran indiferentes a las de la existencia humana. Estas sensaciones lo acompañaban siempre, como cuando escribió en sus poemas franceses, a propósito de una visita que hizo a la catedral de Chartres junto al escultor Auguste Rodin: “La catedral parecía provocar un viento de desdén”.

Sus célebres versos de la “Primera Elegía de Duino”, que según su testimonio le fueron dictados por una voz en el acantilado de un castillo en Trieste, propiedad de la Princesa Thurn und Taxis, dicen: “La belleza es el primer grado del pavor que aun podemos soportar” y rematan: “Todo ángel es terrible”.

Esta fuerza “olvida destruirnos”, transita indiferente por el mundo de los vivos y los muertos, sin detenerse a distinguir a unos de otros. Si el viejo ultramundo de Dante estaba ordenado y jerarquizado, en Rilke ha quedado disuelto, mezclado; y hasta las cosas de este mundo que creemos tan concretas, denuncia, en una de sus cartas: “Son simulacros de cosas”. Esas mismas que habían alcanzado otra categoría en tiempos remotos; “En sus brazos trae la bandera como una blanca novia desmayada”, narra en el “Corneta Cristóbal Rilke”, un relato sobre un antepasado que transcurre en las guerras del siglo XVII contra los turcos. Luego, la misma bandera resucita, ondea “regia” al viento y la queman junto con su castillo.

Sin embargo, Rilke descubrió otra fuente de energías. Un sentido, por insignificante que lo creamos, hay en la vida humana que nos vuelve inmunes a las fuerzas desatadas. Como si los dioses hicieran al mundo pender del hilo más delgado, para que ese mismo mundo se entere de su fragilidad, Rilke encontró en la “muerte propia, aquella que de cada vida brota”, la fuente de la vida, para la cual no podrá haber recetas generales. El destino del ser humano es hacerse invisible, cada cual consigo mismo. Porque su maduración de cosa traslúcida tiene su ritmo de largo aliento, puesto que “El verano acude para los que tienen paciencia”.

Menospreciado por poetas jóvenes, disfrutó en su último verano, el de 1926, de un desmesurado bombardeo epistolar llevado a cabo por dos admiradores: Boris Pasternak y Marina Tsvietaieva, los gigantes sucesores suyos.