Poco a poco, los conocimientos específicos podrían distanciarse los unos de los otros hasta que el vacío entre ellos se haga insalvable. Como lenguas que dejan de tener traducción a otras lenguas y acaban en un dialecto misterioso.
Se llama “cultura general” a un saber no especializado que viene desde muy antiguo. Los griegos sentían la necesidad de conocer varias dimensiones de la existencia desde su infancia. Por eso a esa cultura se le llamaba paideia, porque era la educación un tanto inespecífica de todo griego.
Los romanos hablaban de humanitas para referirse a algo muy parecido. La humanitas era ese conjunto a veces impreciso del que toda persona medianamente educada se nutría.
El homo universalis del Renacimiento iba en una dirección semejante. Se aspiraba a un dominio de quehaceres amplios. Sabios completísimos como Leonardo Da Vinci, Leibniz o Goethe fueron los representantes de ese ideal que llegó hasta principios del siglo XIX, y que en el caso de ellos se cumplió.
Posteriormente, la especialización de las disciplinas tornó improbable este tipo de amplitud. La formación profesional, por ejemplo, privilegió la penetración en las materias. Un individuo que únicamente supiera generalidades se transformó en una suerte de inútil o charlatán.
Con todo, la tendencia especialista se fue combinando con una suerte de deferencia hacia las otras disciplinas del conocimiento, que en muchos casos significó dobles militancias. El astrónomo que descubrió Urano, William Herschel, fue también compositor. El compositor Aleksandr Borodin se dedicó a la química. En Chile, el también químico Egon Wolff, fue dramaturgo.
Pero, estas bigamias entraron en peligro de extinción convirtiéndose en simplemente una profesión más un hobby. Y, poco a poco, apenas una profesión unida a entretenimientos vacuos.
Esta cultura devino en lo que se llama trivia, es decir, un salpicón de datos freaks que no tiene una conexión inteligente entre sí, sino un mínimo común en la rareza.
La debacle tiene larga data, pero un factor fundamental estuvo en haber eliminado la importancia de la memoria en los colegios. Ya lo advirtió Platón: sin memoria habrá soberbia. Y la memoria era, por ejemplo, retener poesía, todavía en los tiempos en que yo estudié la básica. Mis alumnos actuales nunca aprendieron un solo verso. La supuesta cultura entretenida siempre puede serlo más, la entretención, peor y, la cultura, menos. La libertad es la herencia de quienes han aprendido a aburrirse, de los que saben que la mera entretención engendra esclavitud.
Poco a poco, los conocimientos específicos podrían distanciarse los unos de los otros hasta que el vacío entre ellos se haga insalvable. Como lenguas que dejan de tener traducción a otras lenguas y acaban en un dialecto misterioso.
No sabemos el mundo nuevo que puede surgir de relaciones no obvias entre disciplinas. Y la cultura general no es exactamente una relación interdisciplinaria. Es la compañía de muerto-vivos nada fantasmales que logra un espíritu curioso. En el discurso de instalación de la U. de Chile, Andrés Bello citó las siguientes palabras de su amigo, el inventor N. Arnott: “El hombre instruido […] está, por decirlo así, rodeado de seres conocidos y amigos, mientras el hombre ignorante peregrina por una tierra extraña y hostil”.



