Opinión | El Mercurio, 10 de marzo de 2019

Experiencias comparadas de selección escolar

Seleccionar por desempeño académico no es un tema únicamente chileno, ni una rareza de nuestro sistema escolar o un torcido propósito de política educativa. Sino un mecanismo de uso común en el mundo.

Vuelve a la agenda la selección en base a antecedentes académicos. ¿Es este un tema únicamente chileno, una rareza de nuestro sistema escolar o un torcido propósito de política educativa? Para nada. Agrupar estudiantes entre diferentes colegios, y/o dentro de ellos a nivel de la sala de clase, es un dispositivo de empleo común en el mundo.

De hecho, en el promedio de los países de la OCDE, un 43% de los estudiantes está en colegios cuyos directores reportaron, en 2015, que para la admisión consideran siempre al menos uno de estos dos factores: informe del desempeño académico previo y recomendaciones de la escuela de origen. Chile se sitúa 4 puntos porcentuales por debajo de este promedio, es decir, usa menos intensamente estos dispositivos de selección. En general, los países del sudeste asiático y de Europa Central y del Este los usan más habitualmente. También Alemania y Holanda. En el otro extremo, España, Finlandia y los países nórdicos usan solo ocasionalmente estos medios.

La edad promedio en la cual los sistemas comienzan a seleccionar alumnos por primera vez para diferentes programas varía entre países. En la OCDE es 14 años; en Chile, 16 años, igual que en Dinamarca y Nueva Zelandia. También el número de programas disponibles para los estudiantes varía; tres en la OCDE, dos en Chile a nivel medio (científico humanista y técnico profesional). Hay sistemas unitarios (un solo programa para todos), como Estados Unidos, Estonia y los países nórdicos. Y países altamente diferenciados, como Alemania y Bélgica (4), República Eslovaca (5), República Checa (6) y Holanda (7).

La estratificación horizontal ocurre también dentro de los colegios, incluso si ofrecen un solo programa bajo el principio "todos bajo un mismo techo". El medio más habitual es el agrupamiento de alumnos por niveles de habilidad, con el fin de asegurar grupos de enseñanza y aprendizaje relativamente homogéneos. En la prueba PISA 2015, un 38% de los alumnos OCDE estaba agrupado por habilidad en alguna asignatura, y el 8%, en todas. Es un fenómeno mundial. También ocurre en Chile; según un estudio reciente, el agrupamiento es más frecuente en la enseñanza media, presentándose en cerca del 50% de los establecimientos.

De modo que al hablar de selección académica, diferenciación curricular, itinerarios diversos y agrupamiento por habilidades estamos en terreno conocido. Pero ¿cómo funcionan estos dispositivos en diferentes contextos nacionales, con qué efectos y cuáles son las recomendaciones de política que ofrece la investigación educacional? Aquí solo podemos responder esquemáticamente.

El funcionamiento de los dispositivos es altamente dependiente: del contexto nacional, la organización de los sistemas y colegios, las políticas de los gobiernos, las tradiciones educativas y factores culturales de cada nación, así como de la composición social del estudiantado y la competencia de los docentes. Esto lleva a que los efectos sean también peculiares a cada caso nacional.

En algunos, la diferenciación entre escuelas y el agrupamiento dentro de ellas tiene consecuencias positivas sobre los logros de aprendizaje y su distribución más equitativa; en otros, todo lo contrario. A veces mezclar a "todos bajo un mismo techo" tiene un rol de integración social poderoso y potencia el efecto pares. En otros casos, solo lleva a intensificar y profundizar las medidas de agrupamiento por habilidades dentro del colegio.

Sorprende, por lo mismo, la relativa superficialidad con que suele usarse la experiencia comparada internacional. Incluso colegas cuyo trabajo académico es de primera línea, suelen pasar por alto los contextos nacionales y los efectos ambiguos cuando no contradictorios que revela la literatura. En vez de basar sus recomendaciones de política en la evidencia, seleccionan datos para justificar sus políticas preferidas. Para avanzar, deberíamos atender a los siguientes aspectos.

La selección académica es un elemento de política y debe ser discutida sin prejuicios o falsos conceptos. En Chile hay un acuerdo de base: que la selección no debe adelantarse hasta antes del ingreso a la enseñanza media. O sea, la educación parvularia y general básica debe hacerse bajo el principio "todos bajo un mismo techo". Es una discusión interesante, pero posterior, si durante este ciclo conviene mantener ciertas modalidades de agrupación por habilidades; por ejemplo, en lectura o matemática.

Esto significa consolidar -corrigiendo y perfeccionando, por cierto- el régimen de admisión que, bajo la forma de un mercado de emparejamiento de la demanda y oferta de vacantes, está implementándose a lo largo del país. El Gobierno debe precisar, de una vez por todas, si desea perfeccionar o sustituir el régimen de admisión.

A la altura de la enseñanza media debe existir flexibilidad frente a la diferenciación, como ya existe en relación a las modalidades científico-humanista y técnico-profesional. Por ejemplo, cabría restituir un mayor espacio de selección académica para los liceos paradigmáticos y de excelencia, bien definidos. Es un imperativo para la diversificación de las élites chilenas. No conozco argumento alguno, por el contrario, en favor de tener una única élite monocorde, formada en cierto tipo de colegios, vecindarios, clase social y conducción de vida.

Por último, no deberíamos perder de vista que las formas de admisión son una cuestión subordinada a otra más crucial. En efecto, mientras no mejoremos todas las oportunidades de aprendizaje, lo único que hacemos es redistribuir estudiantes entre oportunidades mediocres, la mitad de las cuales son, además, absolutamente insatisfactorias.

José Joaquín Brunner

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