Opinión La Tercera, 4 de noviembre de 2018

Gatos y perros

Sylvia Eyzaguirre T. |

"Cierto día pasó un perro sabio cerca de un grupo de gatos. Al acercarse y ver que estaban muy entretenidos y despreocupados de su presencia, se detuvo.

Al instante, se levantó en medio del grupo un gato grande y grave, el cual miró a todos y dijo: -Hermanos, orad; y cuando hayáis rezado una y otra vez, sin dudar de nada, en verdad lloverán ratas.Y el perro, al oír esto, riose en su corazón y se alejó, diciendo: -¡Ah! Ciegos y locos gatos, ¿acaso no fue escrito y he sabido yo y mis antepasados antes de mí, que lo que llueve merced a las oraciones, a la fe y a las súplicas, no son ratas, sino huesos?"

Esta parábola de Khalil Gibrán representa muy bien el discurso de superioridad moral tan en boga hoy en día. Este discurso es especialmente fuerte en la izquierda, aunque no es exclusiva de ella. Me llama la atención, por ejemplo, la frecuencia con que escucho la expresión "la derecha cavernaria" o "incivilizada" para referirse a un determinado sector político o grupo de personas, que se caracterizan por valores conservadores.

Esta forma peyorativa de abordar la diferencia supone distinguir entre al menos dos clases de personas: los moralmente superiores y aquellos que tienen una moral inferior.

"¿Cómo no va a ser incivilizado creer que la homosexualidad es una desviación o estar en contra del aborto, quitándole a la mujer el derecho a decidir sobre su cuerpo?", fue lo que me dijo un militante del Frente Amplio. Tal vez es inherente al fenómeno de la moralidad el considerar algunos valores por sobre los otros, de lo contrario caeríamos en un relativismo moral y dejaríamos de ser sujetos morales. Pero es importante no olvidar que precisamente este sentimiento de superioridad moral ha sido el que ha provocado o justificado los grandes genocidios y matanzas de la historia. Los exterminios masivos y sistemáticos perpetrados por los nazis en Alemania, los hutus en Ruanda, los turcos en Armenia y los comunistas en la Unión Soviética, Camboya y China, entre otros, han tenido como fundamento la superioridad moral.

Las cruzadas de los católicos en aquel entonces y hoy la Guerra Santa de ciertos grupos extremistas musulmanes contra Occidente se fundan también en este sentimiento de superioridad moral.

Al igual que el perro sabio, nosotros nos reímos de los extremistas musulmanes y de los templarios como si fueran los gatos en la parábola de Gibrán.

¡Cuán superiores nos creemos los occidentales por sobre los regímenes no democráticos orientales o africanos! Y, sin embargo, al igual que el perro no nos damos cuenta de que nuestros valores, nuestras creencias, son, o al menos pueden ser, tan relativas como las del gato.

La parábola de Gibrán no sólo nos sugiere que tanto el gato como el perro están equivocados, sino que además nos enseña que nuestra propia posición, de la cual estamos tan confiados, es tan relativa como la del perro y el gato. Tal vez la salida a la paradoja de la moral es la que nos señala este poeta libanés. Si como seres morales estamos condenados a distinguir entre el bien y el mal, y ello implica necesariamente considerar algunos valores superiores que otros. Entonces la superioridad moral parece inevitable.

La salida, entonces, no es caer en el relativismo moral, sino estar conscientes de nuestras limitaciones y no creernos perros sabios.