La historia de los habladores comienza con las habladurías que llevaban los propios conquistadores a la corte española en los siglos XVI y XVII. El mismísimo Cristóbal Colón fue víctima de una de ellas.
La historia de Chile, reducida a la mínima expresión de sus comunicaciones, puede entenderse como una de habladores y oidores. Los habladores son todos aquellos que, en distintos grados, rompen el profundo silencio a través de un espectro que va desde la murmuración de baja frecuencia hasta el alegato vociferante, y no solo aquellos que en los tiempos remotos de Latinoamérica cantaban el “Martín Fierro” de pueblo en pueblo. Los oidores, por su lado, son todos aquellos que se ponen a disposición de los habladores –o les hacen creer eso– fingiendo indiferencia, quedándose derechamente dormidos (tal vez escuchando) o mostrándose receptivos con los ojos abiertos como dos lunas llenas sobre una semisonrisa.
Entre estos y aquellos, los que hablan o escuchan de más, pierden. Los que nada, también.
La historia de los habladores comienza con las habladurías que llevaban los propios conquistadores a la corte española en los siglos XVI y XVII. El mismísimo Cristóbal Colón fue víctima de una de ellas y terminó conducido bajo arresto de regreso a la península. Las famosas «relaciones de méritos fueron escritos con los cuales se intentaba atajar esos informes. Los curas se transformaron en los grandes habladores, trasladando a Europa todo tipo de acusaciones contra el abuso de los empresarios de la conquista. Fray Bartolomé de las Casas fue el pionero.
Los monarcas del viejo mundo pusieron oídos oficinescos en América. La Real Audiencia era exactamente eso: una gran oreja con la cual enterarse, meses después de acaecidos, de los escándalos.
En cierta medida, Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala –famosa por su desinhibición sádica–, consiguió su impunidad precisamente recurriendo a sus redes de contacto con oidores parientes suyos, quienes pusieron el micrófono en off. Solo la Iglesia, en la persona del obispo González de Salcedo, denunció a esta suerte de Babilonia la Grande provinciana ante Don Felipe IV “El Rey Planeta”.
Como si hubiese sido la revancha de los laicos, la expulsión de los santos e inocentes padres jesuitas en el siglo XVIII pudo haber sido una manera de deshacerse de expertos intrigantes de la justicia: una inmensa red de espionaje que contaba con agentes expertos en el hablar y, por supuesto, en el escribir y, con eso, en el describir. El antecedente de las oleadas de exiliados de renombre de los siglos XIX y XX que hicieron oír sus quejas ante los auditorios hegemónicos de la civilización occidental, desde Francisco Bilbao a Armando Uribe Arce.
Y hay también una edición degradada en aquellos que «ponen mal» a su país por negocio. Ojo.
Que en el siglo XX la profesora rural y prudente manipuladora de la infantilizada psiquis chilena Gabriela Mistral haya transformado el «recado» en una especie de género literario dice mucho. Los recados son maneras de llevar cortas las riendas de ese otro hablador que es el chismoso: al pedirle que lleve uno, se lo deja correr, pero con rumbo fijo. Desde entonces, todos llevamos recados cruzados, de allá para acá, y el frenesí se apacigua en un intercambio inofensivo hasta nuevo aviso.



