Diarios regionales
Opinión
Sociedad

Héroes y santos

Joaquín Trujillo S..

Héroes y santos

Hoy, la Modernidad ha dejado en pie dos versiones deslavadas: el emprendedor (que se atreve y triunfa) y el benefactor (que, si posee, ayuda). Ambos figuras requieren, sin embargo, del dinero para desenvolverse. Un innovador que fracasa y pierde el capital en cada intento solo causa lástima. Un filántropo que carece de fondos para su obra despierta más compasión que sus propios e irreales beneficiados.

La Modernidad —ese salón siempre disponible para admitir en él anomalías varias— cuenta entre sus méritos (deméritos, mejor dicho) el haber socavado a dos arquetipos que inspiraron durante milenios a naciones y religiones: el héroe y el santo.

El primero era aquel que exponía su integridad en pos de un bien superior, casi siempre mediante un acto voluntario y repentino que lo revelaba como tal. El segundo, por su parte, era quien dedicaba el resto de sus días a una causa igualmente noble. Siempre quedó en el misterio hasta qué punto estas entregas habían requerido descomunales esfuerzos. Para algunos, poseía más valor el que había doblegado sus propias apetencias con un resultado extraordinario; para otros, quien lo había hecho con la naturalidad propia de su grandeza.

Aquella desconfiada dama de ese salón llamado Modernidad se convenció de que estos referentes eran, en realidad, personas desequilibradas. Así, los primeros fueron tildados de criminales y los segundos, de impostores. A decir verdad, ya el dramaturgo Plauto se había reído de las glorias militares en su comedia «Miles gloriosus», cuyo título se traduce como «El soldado fanfarrón» (y en buen chileno: «El pelao sobrao»). Otro autor teatral, casi dos milenios más tarde, convirtió al virtuoso en un perfecto hipócrita: Tartufo o el impostor, el farsante que desenmascaró Molière. Y Kant pensó que las voluntades santas eran amorales, pues no friccionaban con nada.

Como se ve, este proceso de demolición comenzó antes de que la era moderna se estrenara en sociedad, y en él participó gente muy connotada. Las lecturas psicoanalíticas les han hecho un flaco favor a ambos conceptos, tratándolos como cuadros maníacos urgidos de estabilización farmacológica. De esta manera, la actualidad ha profundizado las brechas espirituales, destruyendo esa democracia de las alturas.

Me explico. Antes, cuando el mundo todavía creía en estas gestas, cualquier persona podía —si estaba dispuesta al sacrificio y salía al encuentro de los bultos sin esquivarlos— transformarse en héroe o santo. Surgían de todas las razas, clases, religiones, sexos y condiciones.

Hoy, la Modernidad ha dejado en pie dos versiones deslavadas: el emprendedor (que se atreve y triunfa) y el benefactor (que, si posee, ayuda). Ambos figuras requieren, sin embargo, del dinero para desenvolverse. Un innovador que fracasa y pierde el capital en cada intento solo causa lástima. Un filántropo que carece de fondos para su obra despierta más compasión que sus propios e irreales beneficiados.

A diferencia de los modelos actuales, el héroe y el santo no requerían un solo centavo, como tampoco su consagración. Incluso el reconocimiento social era, en cierto modo, prescindible. El fracaso podía ser épico o sagrado, y la intimidad de estos actos, su única devota seguidora durante muchísimo tiempo. Existieron almas cuyo triunfo consistió en realizar sus hazañas y sacrificios en el más estricto secreto. De ellas se supo apenas, pero por siglos purificaron las atmósferas haciéndolas respirables.