Mientras la creación de empleo formal no se expanda con fuerza suficiente, la informalidad seguirá operando como un mecanismo de ajuste, deprimiendo la productividad agregada. Los 40 meses con desempleo sobre el 8% son el síntoma visible de un problema cuyas consecuencias más profundas son de naturaleza estructural.
Las expectativas económicas de los chilenos revelan un deterioro en la percepción sobre el futuro de la economía. Los resultados de la última Encuesta CEP muestran un incremento significativo en el porcentaje de personas que espera que la situación económica del país empeore en los próximos doce meses, respecto de la medición anterior (31% vs 15%). Esta cifra no es un dato aislado, se inscribe en un contexto macroeconómico de bajo crecimiento e incrementos en el costo de la vida.
Entre los factores que podrían explicar este deterioro en las expectativas destaca el escaso dinamismo del mercado laboral chileno. El país registra 40 meses consecutivos de tasas de desempleo superiores al 8%, umbral que operó como un límite superior empírico de la desocupación entre 2010 y fines de 2019. Lo relevante no es solo el nivel, sino la persistencia. Es difícil sostener que se trata de un episodio cíclico cuando el mercado laboral no ha recuperado su tendencia previa en más de tres años.
A nivel micro, la prolongación del desempleo activa mecanismos de ajuste que operan fuera del mercado formal. Uno de los más relevantes es el ascenso de la informalidad laboral como respuesta a la escasez de empleo de calidad. De hecho, un estudio del CPP UC ilustra este mecanismo con claridad. Al observar transiciones trimestrales, por cada cinco desocupados en un periodo, dos de ellos encuentran trabajo en el siguiente trimestre. Uno accede a un empleo formal y el otro a un empleo informal. Los tres restantes siguen desempleados o abandonan la fuerza de trabajo. Dicho de otro modo, el empleo informal absorbe una fracción de los desocupados igual de relevante que el empleo formal.
No obstante, conviene precisar que no toda la informalidad responde a la misma lógica. De hecho, la literatura distingue la informalidad por exclusión, aquella que resulta de la incapacidad del sector formal para absorber la oferta de trabajo, y la informalidad por escape, aquella que refleja una decisión voluntaria motivada por los costos de la formalización o por las ventajas de la flexibilidad (World Bank, 2007). Sin embargo, en un contexto de poco dinamismo en la actividad y el mercado del trabajo, es esperable que el primer canal cobre especial relevancia.
Aunque parece una alternativa mejor que el desempleo, la informalidad tiene implícito un costo macroeconómico: la asignación ineficiente de factores productivos. Cuando trabajadores con potencial quedan atrapados en empleos informales de unidades económicas menos productivas, sin acceso a capacitación ni incentivos para acumular capital humano, el resultado agregado es una economía que opera por debajo de sus posibilidades. En otras palabras, la informalidad no es neutral en términos de productividad; la reduce.
Recuperar el dinamismo en el mercado laboral formal no es, por tanto, solo un imperativo para que las personas que buscan empleo lo encuentren. Es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que Chile recupere una senda de crecimiento de largo plazo. Mientras la creación de empleo formal no se expanda con fuerza suficiente, la informalidad seguirá operando como un mecanismo de ajuste, deprimiendo la productividad agregada. Los 40 meses con desempleo sobre el 8% son el síntoma visible de un problema cuyas consecuencias más profundas son de naturaleza estructural.


