La Tercera
Opinión

Inmaculados independientes

Sylvia Eyzaguirre T..

Inmaculados independientes

El desprestigio de los partidos políticos en nuestro país se debe en gran medida a los perversos incentivos que tiene nuestro nuevo régimen electoral.

Mientras los partidos políticos pasan por su peor momento, siendo la institución con menor confianza ciudadana de la cual se tiene registro (2%), los independientes se erigen como santas palomas, inmaculados, libres de los perversos intereses que hoy tienen presos a los partidos.

Esta crisis de los partidos se da simultáneamente con una profunda crisis de gobernabilidad. Nuestro sistema político no está siendo capaz de resolver los conflictos propios de la vida en comunidad. La pregunta por cómo mejorar el funcionamiento de la política es ineludible. Hay quienes creen que la respuesta está en abrir la puerta a los independientes, ciudadanos como nosotros que carecen de motivaciones espurias y los mueve solo el amor desinteresado por la patria. De ahí que en el Congreso se estén tramitando dos proyectos de ley que facilitan el concurso de los independientes.

Grave error. La política como mecanismo de resolución de conflicto exige que los ciudadanos se organicen en función de sus intereses, de sus visiones de mundo. Los partidos políticos cumplen esta función clave. La agregación de intereses y voluntades permite administrar y resolver los conflictos propios de una sociedad diversa. Los independientes, por el contrario, no responden a ninguna colectividad, son caudillos, llaneros solitarios, que atomizan las fuerzas políticas, dificultando en extremo la gobernabilidad. Su aura inmaculada no es más que un espejismo. Del hecho que no podamos reconocer a primera vista los verdaderos intereses de los independientes no se sigue que no los tengan o que no sean iguales de espurios que el de los partidos. La mejora a nuestro sistema político no pasa por debilitar aún más a los partidos, sino todo lo contrario, por robustecerlos.

Los países con sistemas políticos que funcionan han logrado un sano equilibrio entre representación y gobernabilidad. Por ejemplo, Inglaterra para asegurar la gobernabilidad tiene un sistema uninominal, es decir, donde se elije un solo candidato con la mayor votación, pero para lograr una buena representatividad los distritos son pequeños, de manera de favorecer el vínculo entre el representante y el representado. Alemania, por el contrario, tiene distritos grandes donde se elijen varios candidatos y tiene bajas barreras para la configuración de partidos políticos, favoreciendo una representación diversa. Pero para lograr la ansiada gobernabilidad prohíbe el concurso de los independientes, exige un umbral mínimo de 5% de los votos para alcanzar representación parlamentaria y financiamiento para el partido combinado con un régimen parlamentario.

El desprestigio de los partidos políticos en nuestro país se debe en gran medida a los perversos incentivos que tiene nuestro nuevo régimen electoral: altas barreras para crear partidos políticos, bajas exigencias para recibir financiamiento público, distritos enormes, sistema proporcional sin umbral mínimo y concurso de independientes en un sistema político presidencial.

Todavía estamos a tiempo de despertar del pueril sueño romanticista y empezar a pensar seriamente qué reformas necesita nuestro régimen electoral para lograr el ansiado equilibrio entre gobernabilidad y representación.