Libros | Editado en 2013

La revolución inconclusa. La izquierda chilena y el gobierno de la Unidad Popular

Algunos pusieron en tela de juicio lo que dijo Mario Góngora en 1976: el 11 de septiembre de 1973 era la fecha más decisiva de la historia de Chile del siglo XX. Hubo ceños fruncidos. Se apreciaba solo como una sanción a los hechos. Se les escapaba lo que a la vista aguzada del historiador, contemporáneo a medio siglo de historia del país, le era natural. La fecha daba testimonio de una extraordinaria densidad del acontecer. Resumía las pasiones y negligencias del siglo en la manera de adoptar una actitud ante los retos que los tiempos y los desvelos imponían a los responsables de la nación. Estos no eran meramente una pequeña capa aislada en la cúspide. En realidad, eran, al mismo tiempo, orientadores e intérpretes de la sociedad chilena.

Aparte del 18 de septiembre de 1810, no hay otra fecha-símbolo de la historia del país que reúna las condiciones para señalar con claridad meridiana un antes y un después como la del derrocamiento del gobierno de Salvador Allende. La conmoción no se debe únicamente al dramatismo del día del golpe de estado, sino que también a la intensidad emocional con que se vivieron los tres años de esa administración, cada vez más profunda a medida que se acercaba la hora del desenlace. Tampoco se explica solo por la inusual prolongación del régimen militar que la siguió, insólita en relación con la historia del país. Esta conmoción fue potenciada por la polvareda de atención, en general simpatizante, que despertó el gobierno de Allende en América, Europa Occidental y más allá también. Fue desde esos lares, en especial los europeos, donde se bautizó al período del gobierno de la Unidad Popular como la "experiencia chilena". Si la mayor parte de las veces se la observó como una suerte de utopía moderna, lo que la siguió tenía que ser juzgado como antiutopía. Es cierto que la visión externa no ha tenido una correspondencia proporcional en las miradas que se han dado al interior del país, mucho más dividido al respecto y más disperso también. No podía ser de otra manera, ya que la crisis nacional de la década de 1970 era una de las probabilidades de una historia política identificada con las grandes tendencias universales del siglo XX.

La confluencia de la intensidad de la experiencia interna con la curiosidad y a veces ardor externos ha hecho de esos años el período más estudiado de la historia de Chile. A veces podría parecer que en exceso. Con todo, hay que aceptar que la historia escrita depende del interés de los contemporáneos, aunque se ocupen de un tema remoto. Existen algunos hechos que pasan a ser representativos de un gran dilema político-moral. Están envueltos también aspectos sociales, económicos, culturales y demográficos, entre otros de diversa índole. Lo que les confiere significación es que alcanzan ese orden en que los seres humanos cavilan y dirimen sobre qué sucedió, cómo sucedió, por qué sucedió. Es la dimensión político-moral la que se confronta más profundamente con estas preguntas.

Es inevitable la curiosidad que despiertan los hechos estelares y los fenómenos transformadores. Es lo que explica, por ejemplo, la concentración y el número de estudios, en apariencia desproporcionados, que en Argentina existen sobre el peronismo, en Estados Unidos sobre la Guerra de Secesión, en Alemania sobre el nazismo y en España sobre la Guerra Civil. Parece que será el sino de Chile el que las circunstancias en torno a 1973 constituyan por largo tiempo un foco del interés político e intelectual, lo que asegura que se seguirán escribiendo historias al respecto. Hay que añadir, eso sí, que esta fijación es más propia de los que escriben fuera de Chile que de aquellos que lo hacen en el país. Sin embargo, desde el punto de vista de la disciplina de la historia existe una tendencia constante hacia una fusión entre los estudios sobre Chile que surgen fuera del país y los que se escriben en su interior. Algo similar sucede en otras partes de América Latina y también en otras regiones del mundo. Aunque es poco probable que se llegue a la síntesis absoluta, hay que decir que este es uno de los factores que explican la persistencia del interés por 1973.

En un comienzo había pensado que el resultado de esta investigación se tradujera en lo que los historiadores llamamos historia general; vale decir, un intento de que todos los aspectos de la vida histórica encuentren un lugar en la escritura: política, economía, sociedad, cultura y las muchas otras facetas de la experiencia humana. También quería acoger, en un cierto grado, corrientes del último medio siglo que promueven poner como objeto de la escritura a "los de abajo" —como multitud o como vidas mínimas—, ya sea que se los considere paralelos a "los de arriba" o que se crea que deberían ser los actores principales de toda historia.

Por causa del tiempo, ese monstruo devorador que siempre nos alcanza y muchas veces nos arrolla, hube de dejar a un lado mi pretensión inicial y concentrarme en la elaboración de una historia política clásica. Creo, sin embargo, que este libro se hace cargo —en general, de manera tácita— de las otras dimensiones de la realidad histórica que, como siempre que hay un nuevo objeto, a muchos parece que deberían ser lo más importante en el relato histórico. Creo también que la distinción demasiado tajante entre "los de arriba" y "los de abajo", como aquella entre lo público y lo privado, tiende a crear nuevas formas de fetichismo y de clasificaciones abstractas que poco tienen que ver con el fenómeno histórico real. De todas maneras, existe una naciente literatura sobre los años de la Unidad Popular en la que el lector podrá encontrar más desarrollado este tema y será complementaria a la lectura del presente libro. En general, verá un enfoque distinto al que se encuentra aquí, aunque mi idea es que, en el fondo, no tiene por qué ser tan contradictorio con el que presento.

Tengo otro motivo para haberme concentrado en lo que llamo, sin mayor compromiso de rigurosidad conceptual, historia política clásica. La Unidad Popular existió porque respondía a la voluntad política de una larga tradición de líderes, dirigentes, militantes y simpatizantes, vinculados por una sensibilidad y en muchos casos por una experiencia vital que venía desde su nacimiento y no pocas veces se remontaba a los antepasados. Estaban imbuidos de la convicción de que había que re-crear el Estado y la sociedad en Chile. No eran los únicos, ya que la política moderna se trata justamente de discernir qué se puede y qué se debe hacer frente a la realidad social, a nuestros dilemas institucionales y ante los procesos económicos, y cómo conservar o crear un orden y procedimientos que se consideren justos frente a amenazas o situaciones de menoscabo. Esto les es común a las tendencias revolucionarias y antirrevolucionarias, y define también, usualmente, a corrientes de otro tipo que reúnen elementos de ambas. Chile no es más que uno de los tantos ejemplos de experiencias políticas que se han dado y se siguen dando en este sentido a lo largo del mundo.

La realidad histórica está provista de innumerables dimensiones, en un fenómeno de infinitud que solo una pluma como la de Jorge Luis Borges podría acercarse a representar, una suerte de Aleph con el que convive cada uno de nosotros en las horas de vigilia y de sueño. Escogemos de ella, por una combinación de azar y afección, las dimensiones que nos parecen más representativas y que nos sirven de guía, a veces apenas de parábola, para sospechar la complejidad que hay tras la urdimbre de la historia. Aquí se escogió la dimensión política.

Siendo la historia escrita una combinación de arte y rigurosidad científica, la elección del tema, la manera de enfocarlo y sobre todo la selección de ese pequeño segmento de la realidad extraído de un espacio infinito suponen un riesgo de arbitrariedad importante. El principal antídoto contra esta se halla en que vivimos inmersos entre especialistas y en una experiencia intelectual que nos rodea, en las preguntas que se efectúan y en el intento de respuestas que la escritura de cada uno de nosotros pueda ofrecer. En sí mismo, esto no nos hace inmunes al fenómeno de las capillas intelectuales ni a la "prohibición de preguntar" sobre ciertas cosas, los tabúes más intocables precisamente porque no se los nomina como tales. Frente a estas dificultades, solo resta ampararse en la difícil libertad interior —que Mario Góngora reclamaba como la única verdadera— y en la existencia de un debate público que tenga algún peso sobre el acontecer. Hay una marcada y siempre nítida diferencia entre la historia escrita en sociedades en las que se ha suprimido o secuestrado el debate abierto y aquella brotada en los espacios donde es de rigor la discusión ante un público. Este contraste atraviesa la historia contada en este libro.

Por lo demás, el historiador debe dar cuenta de la razón de ser de su creación intelectual, aunque nunca podrá explicar cabalmente siquiera lo que otros pueden considerar sus principales aciertos. Siempre quedará un aliento de intuición y empatía, de pasión, pena y rabia; de nostalgia y de amores perdidos; todo esto nos permite entender la existencia de la gran historiografía desde sus albores en la Grecia clásica.

Dicho esto, sin embargo, la historia política clásica —junto con la de los hechos heroicos, una de las dos fuentes originarias de esta disciplina— mantiene, y creo que mantendrá, un cetro especial como un fin en sí mismo y también como una manera de ordenar nuestra labor para comprender la relación del ser humano con su mundo histórico. En cualquier caso, para comprender al Chile de la Unidad Popular, no podremos sino comenzar por tratar de comprender el fenómeno político que se desarrolló en esos años y que poseía una profunda raíz en la sociedad chilena, de lo cual se busca dar cuenta en el presente libro. Por ello, esta investigación da espacio a otros actores fuera de la izquierda chilena y recuerda también ciertos rasgos centrales de la historia del país, que en muchos sentidos corresponden en general a una nación del mundo moderno.

No puedo ocultar que como cualquier historiador, lo confiese o no, lo que escribo es intransferible a otro autor. Vale decir, ninguna historia escrita es idéntica a otra. Narramos un acontecimiento poniendo algo de nuestra perspectiva, en la que intelecto y sentimientos forman una alianza en apariencia férrea e idealmente sometida también a una especie de autocrítica. Es el desdoblamiento del autor —visible con mayor intensidad en el historiador contemporáneo— que ha tenido un vínculo vital con los sucesos que narra. Como autor sentía que tenía algo que añadir a la literatura existente sobre la Unidad Popular. Debo mucho a gran parte de esa literatura, pero en ella había un silencio, me parece, que era la visión de las cosas que yo me había formado, al haber vivido los tiempos y haber leído y reflexionado sobre ellos. En 1985 publiqué un libro sobre estos hechos, resultado de mi tesis doctoral, aunque centrado en las relaciones internacionales; en cambio, el libro que el lector tiene entre manos los narra como un fenómeno político total.

He titulado el libro La revolución inconclusa con la plena conciencia de que el nombre no me pertenece del todo, sino que replica uno escogido por el historiador Isaac Deutscher para una suerte de historia de la Revolución Rusa y su derrotero posterior, en su tiempo muy leída. No es seguro que Deutscher haya sido el primero en usarlo, y en todo caso él emplea el adjetivo "inacabada" (unfinished), aunque reconozco que es casi lo mismo que "inconclusa". Lo más probable es que alguien lo haya utilizado antes como título. A estas alturas de la historia universal, no queda mucho espacio para la originalidad en casi ningún rasgo de la existencia humana. De todas maneras, el título de este libro significa algo distinto a lo que Deutscher quería decir por "inacabada". Para este, en su fiel tarea de apología de lo que pensaba hubiera sido la Revolución Rusa sin Stalin, se trataba de demostrar que la Unión Soviética era una deformación burocrática del socialismo. En mi caso, quiero indicar que la idea de la revolución —uno de los grandes mitos de la política moderna, en la medida en que la modernidad admite la existencia de mitos en su sentido original— era inseparable de la izquierda chilena tal como ella se fue configurando a lo largo del siglo XX, hasta culminar en la Unidad Popular. Si bien, en estricto rigor, no se puede denominar como revolución a este período de gobierno, sí asumimos lo que muchos de sus dirigentes afirmaban y que además fue confirmado por el propio Fidel Castro, autoridad decisiva para gran parte de la izquierda; esto es, que se trataba de un "proceso revolucionario". Este, sin embargo, solo podía tener sentido si culminaba en una revolución propiamente tal, la que se concretaría de acuerdo con los grandes modelos revolucionarios que el marxismo chileno miraba como paradigmas. Esta revolución fue la que quedó inconclusa.

Con esto no quiero decir que la revolución renacerá de sus cenizas ni tampoco que se desvaneció para siempre. Aunque me parece que 1789 y 1989 —Revolución Francesa y caída del Muro de Berlín, respectivamente— constituyen dos marcas de auge y crisis de la idea de la revolución, no es imposible que las tensiones y alternativas políticas de la modernidad estén también provistas de una muy larga duración, en la cual la meta revolucionaria vuelva a ocupar un lugar protagónico. Nos ilusionemos o desalentemos con esta perspectiva, las cosas son como son. Es solo una de las probabilidades del futuro, por definición incierto y plagado de sorpresas. De todas maneras, la experiencia política más fundamental de nuestro tiempo es la esterilidad del propósito revolucionario en cuanto realización de una idea e ideal. En definitiva, lo que tenemos para Chile es esta revolución puesta en marcha y aventada por la crisis producida en el país, por el golpe de estado y por la dictadura de desarrollo —también personalista y a la vez institucional— que la siguió, aunque esta igualmente estaba expuesta a las transformaciones de la historia global.

El libro surgió de una serie de conversaciones con Arturo Fontaine Talavera. Aunque no pude recoger todas las ideas que me entregara, ni el libro ni parte de su contenido existirían sin el impulso de su riqueza de inquietudes. Después, con el auspicio del Centro de Estudios Públicos (CEP), en el plazo de tres años hubo de desarrollarse este proyecto. De un esquema inicial pasó a organizarse en su arquitectura actual, ya que la investigación y redacción, dos caras de un mismo proceso, ejercen influencia en modificar las hipótesis originales, aunque sin estas los esfuerzos tienden a encallar en la esterilidad. El apoyo del CEP me permitió un mes de fecunda permanencia en los archivos que contienen la documentación de la dirigencia de la República Democrática Alemana (Alemania Oriental) en Berlín, y que han tenido una importancia inestimable para comprender algunos aspectos de las conductas de la izquierda chilena en los años 1960 y 1970. Igualmente pude, de manera marginal pero significativa, emplear material recopilado gracias al proyecto Fondecyt Nº 1095219, que me permitió reunir documentación sobre algunos aspectos internacionales del Chile de 1970.

También tuve el apoyo del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que me permitió dedicar parte de mi tiempo, muy intenso el último año, para poder conducir esta idea a buen puerto.

En algunos períodos de la recolección de material y la escritura del texto, tuve el apoyo entusiasta de Pablo Geraldo, Ximena Vial, Javier Recabarren y Trinidad Medina. En Berlín, Ruth Baumgartl fue vital para introducirme al estudio del material de archivo de la antigua Alemania Oriental. Después de mi estadía en el Bundesarchiv, ella permaneció varios meses en el lugar hasta completar una recolección bastante acabada de lo que se pretendía para los fines de la investigación. En el Centro de Estudios Públicos, Carmen Luz Salvestrini nos apoyó pronta y eficazmente en la obtención de material bibliográfico y otras fuentes. Lo bien editado del libro se debe principalmente a David Parra.

El libro mejoró sustancialmente, creo yo, por la asistencia continuada de tres colaboradores imprescindibles, desde el comienzo hasta el final. En efecto, Sebastián Hurtado nos facilitó material de fuentes norteamericanas. Estas habían sido exploradas por mí en investigaciones anteriores, una de ellas de hace más de 30 años. Sin embargo, el material que entretanto ha salido a la luz es inmenso. Su pericia de investigador y sus vastos conocimientos en historia y otros campos ayudaron a ampliar la perspectiva y las referencias en muchas partes del libro. Diego Hurtado ha estado literalmente a mi lado por tres años, con la diligencia acostumbrada para cumplir con los encargos de material, incansable en la búsqueda milimétrica de hemeroteca. A la vez, su preparación conceptual ayudó a mejorar o a pensar muchas partes del manuscrito. Milton Cortés no trabajó con menos ahínco en la búsqueda de material, en las correcciones de estilo y en la confrontación de la evidencia con lo que sostenía el relato. Los tres me acompañaron en una lectura en voz alta del manuscrito jalonada de incisivos debates acerca de lo apropiado, de lo justo o de lo fidedigno de tal o cual afirmación o exposición de hechos. Ninguno tiene la menor responsabilidad en lo que pueda haber de controvertible o en falencias del libro. A veces yo acogía sus planteamientos y críticas; otras veces hacía predominar mis puntos de vista. Las diferencias tienen también mucho que ver con la distancia de generaciones y con el hecho de que estemos en parte encadenados a distintas espirales de tiempo. En suma, la responsabilidad de lo escrito es exclusivamente mía.

  Joaquín Fermandois Huerta
Julio de 2013

Joaquín Fermandois

Joaquín Fermandois

Área de Investigación: historia de las relaciones internacionales, política exterior chilena, historia política y de las ideas políticas.

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