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Las manos limpias

Joaquín Trujillo S..

Las manos limpias

Curiosamente, cuando las manos de los miembros de ese mundo finalmente se desataron dieron mucho que hablar. Las esculturas de Rebeca Matte, maestra de las manos, por ejemplo.

La autodenigración nos convenció de que los mestizos en América descendemos de todo el hampa de la antigua península Ibérica. En efecto, posiblemente procedamos de los más variados delincuentes, pero… a aquellos pertenecientes a la nobleza empobrecida. En Chile, y buena parte de Hispanoamérica, la célebre “lucha de clases” acaso no tenga mayor sentido precisamente por esta pertenencia generalizada.

Me explico. En aquellos tiempos en el último escalafón de la nobleza estaban los hidalgos. Entre ellos hubo tantísimos que se empobrecieron más de la cuenta debido a que heredaban poco o nada (tal vez solamente los hermanos mayores) y que, en atención a su pedigrí, no trabajaban con las manos. Era como si permanecieran mancos o tuvieran, como decíamos los chilenos, “los dedos crespos”. Don Quijote fue uno de ellos. Se volvió loco de tanto leer, seguramente, al no poder salir a emplear las manos en las faenas del campo. Era un amo-manco.

Así que mientras las clases trabajadoras de aquel viejo mundo lograron sus patrimonios, los nobles pobres sin herencia viajaron al nuevo mundo para hacerse de una encontrando en él personas que emplearan las manos en su nombre.

No acababan de arribar cuando los curas del siglo XVI lograron que el emperador Carlos V expropiara a los conquistadores las manos recién ganadas. En 1550, tras un debate de varios días, los sabios del imperio llegaron a la conclusión de que los habitantes de indias no podían ser esclavizados. Fue entonces, como escribió Jorge Luis Borges, cuando la “filantropía” de Bartolomé de Las Casas, que había liderado la candidatura de los indios para que se los hiciera súbditos de su Majestad, dirigió sin quererlo la atención de los ávidos de “manquedad” (el término es de Cervantes) a mirar el África e ir a buscar ahí su colección de manos.

Si hasta la libertadora Javiera Carrera, un par de siglos más tarde, al enterarse de la abolición de la esclavitud (libertad de vientre), comentó enfadada, pero entregada, que ella mantenía su propia esclava, como si una sola no fuera peor que mil.

Porque las palabras de la canción de Victor Jara (“las manos son lo único que tengo”), en el caso de los nobles pobres emigrados, decía así las manos son lo único que necesito tener.

Curiosamente, cuando las manos de los miembros de ese mundo finalmente se desataron dieron mucho que hablar. Las esculturas de Rebeca Matte, maestra de las manos, por ejemplo. Esta liberación manual de nuestra alta aristocracia, que alguna vez se empobreció a consecuencia de una norma de prestigio, fue uno de los momentos estelares de la emancipación americana.

Con todo, lo que esta manquedad prestigiosa supuso fue un empleo exagerado de las palabras. Pobres amos y mancos, la palabra los llevó a la actividad forense de los tribunales, el legalismo de las leyes escritas, la historiografía a granel y, por sobre todo, la creación de poesía, el secreto de Estado del pueblo chileno.