Opinión | El Mercurio, 5 de enero de 2018

Libertad para hablar

No es casual que el inglés sea el idioma que más rápido nombra lo nuevo, infestando a otras lenguas con anglicismos. Es que el inglés no es vigilado por academias.

Me intrigan los países, como Francia y España, que tienen Academias de la Lengua que les dicen a sus ciudadanos cuáles palabras son correctas y cuáles no. Porque si hay algo que es el producto, no de academias elitistas, sino de la libre interacción de todos los individuos que viven y han vivido en este planeta, son las lenguas. Nadie en particular las diseñó. Su riqueza expresiva es como la vida misma, producto de una gradual evolución. Si bien nacemos con una aptitud innata para hablar -es propia de esa condición humana a la que llegamos tras un largo proceso evolutivo- y si bien nacemos incluso, según algunos, con una gramática profunda incrustada en el cerebro que nos permite adaptarnos rápido a las gramáticas que los adultos nos enseñarán, el hallazgo de palabras y de giros a través del tiempo es el resultado de la interacción de todos. Cervantes ideó el Quijote, Shakespeare el Rey Lear, pero nadie, absolutamente nadie se puede atribuir la autoría del castellano o del inglés, tesoros de confección anónima en que Cervantes y Shakespeare no hacen más que hurgar. Por eso me asombra que los académicos sientan que pueden o deben controlar lo que hablamos. Hacen pensar en el excéntrico que se planta en la playa y alzando los brazos, dirige las olas, convencido que las mueve él.

La creación de la lengua, aparte de colectiva, es una hazaña profundamente democrática. Es, además, el producto de un esfuerzo intergeneracional, uno que ha durado tantos años como ha habido seres humanos, uno que empezó con los primeros balbuceos de nuestros rudos ancestros. Ese proceso continúa hoy. No hay juventud que no quiera aportar palabras nuevas, para dejar su impronta. Pero estas tampoco provienen de un comité de pingüinos expertos en lingüística. Son el producto de infinitas secuencias de ensayo y error. Alguien inventa una palabra y la usan en su pequeño grupo de referencia -la familia o el colegio- por un rato y después la olvidan. Otro inventa una palabra, y por alguna razón, prende. Se vuelve viral, como se dice ahora. Era la palabra que la sociedad necesitaba, ya sea porque describe un fenómeno nuevo, o porque es expresiva u oportuna. No es casual que el inglés sea el idioma que más rápido nombra lo nuevo, infestando a otras lenguas con anglicismos. Es que el inglés no es vigilado por academias. En todo esto cabe señalar que las palabras nuevas no buscan nunca reemplazar a las antiguas. La creación lingüística no sustituye lo que ya existe: lo enriquece.

Hayek veía en el desarrollo del lenguaje un anticipo de la sociedad libre, cuya riqueza se debe a que también evoluciona en forma espontánea, sin diseño preestablecido, fruto de los aportes de todos sus miembros, incluyendo los de generaciones anteriores. Esa riqueza se desperdicia en las sociedades autoritarias. La depreda el dirigismo de élites que creen saberlo todo, y que por tanto ignoran la fecunda información que los ciudadanos intercambian y multiplican en sus infinitas interacciones presentes y antiguas. Las presentes que generan lo nuevo, y las antiguas que permiten encauzarlo en un marco reconocible y estable. Nada más empobrecedor que la doble torpeza, pródiga en arrogancia, de pretender dirigir el futuro a la vez que ponerle retroexcavadora al pasado.

Digo estas cosas en los albores de un año en que se retira un gobierno que en su furia legislativa sigue adicto tanto a las retroexcavadoras como al dirigismo. Felizmente lo reemplaza uno que nos llevará a una convivencia más libre y abierta. Uno que estimulará el surgimiento de una sociedad civil más desenvuelta y empoderada y -para complementarla- el de un Estado ágil y eficiente, que ya no sea ni botín de políticos ni freno a la creatividad privada.

David Gallagher

David Gallagher

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