Opinión | El Mercurio, 9 de septiembre de 2018

Maternidad y desigualdad

Mientras solo un 2% de las mujeres con educación universitaria tuvieron un hijo antes de los 18, un 10 y un 17% de las mujeres con educación media completa e incompleta, respectivamente, fueron madres antes de la adultez. No es demasiado arriesgado pensar que esto tenga algún efecto sobre los ingresos futuros.

A pesar de la importancia que la desigualdad y los temas de género han adquirido en el debate nacional, hay un hecho que ha pasado inadvertido: las desigualdades asociadas a cuántos hijos tienen las mujeres chilenas y cuándo los tienen. Este es el tema de nuestra última publicación del Centro de Estudios Públicos, la que se basa en la Casen 2017, y cuyos resultados principales son los siguientes.

Es sabido que la cantidad de hijos por mujer ha caído en las últimas décadas. De hecho, este medio tituló una edición de días atrás con que Chile tiene hoy la menor tasa de nacimientos por mujer de su historia. Pero menos comentado es que la brecha en la cantidad de hijos entre las mujeres más y menos educadas se ha reducido. En las mujeres mayores (70-79 años), la diferencia en cantidad de hijos entre las con educación universitaria completa y las con educación media incompleta era de 1,34 hijos, mientras que en la generación entre 40 y 49 años, esta diferencia cae a 0,97 (28% menos).

Dada la fuerte relación entre educación y nivel socioeconómico, esto significa que hoy las familias más y menos aventajadas son mucho más parecidas en tamaño que hace unas pocas décadas. Y esto tiene consecuencias desde el punto de vista de la distribución del ingreso: los hijos son caros, por lo que si las familias menos aventajadas tienen más hijos, tendrán una mayor carga financiera, acentuando las diferencias en el nivel de vida. Así, la caída en la brecha del tamaño de las familias por educación de la madre es una buena noticia desde la perspectiva de la desigualdad.

Pero las noticias son menos auspiciosas en relación con la edad en que las mujeres tienen el primer hijo. La generación que está en sus setenta lo tuvo en promedio a los 22,8 años, y la que está en sus cuarenta lo hizo a los 23,1; es decir, casi no hubo cambios. No obstante, en este caso la brecha por nivel de educación de la madre no ha bajado, sino que ha aumentado: en las mujeres mayores (70-79), la diferencia en edad para el primer hijo entre las universitarias y las que no terminaron el colegio era de casi cuatro años (26,2 versus 22,3), mientras que entre las más jóvenes (40-49), esta diferencia sube a siete años (27,8 versus 20,7).

Siete años cuando se está en los veinte hacen una enorme diferencia en términos de posibilidades educacionales y laborales. Y no solo eso: las mujeres más educadas han postergado la maternidad, mientras que las menos educadas la han adelantado. Esto implica que los niños de distintos niveles socioeconómicos nacen en familias que, en esta dimensión, no solo son muy diferentes, sino que son hoy más diferentes que hace algunas décadas, y esto tiene implicancias relevantes.

Existe evidencia de que la maternidad tiene efectos negativos sobre la carrera laboral de las mujeres, especialmente cuando es muy temprana (Miller 2009; Berthelon & Kruger 2016). Así, un aumento de la brecha en edad al primer hijo por nivel educacional se traduciría en un incremento de la brecha en las perspectivas laborales de estas mujeres, con su consecuente efecto en distribución del ingreso. De hecho, la edad al primer hijo está muy correlacionada con los ingresos del trabajo de las mujeres. El ingreso promedio entre las mujeres que tuvieron su primer hijo antes de los quince años bordea los $300 mil, y para las que fueron madres entre los treinta y los treinta y cinco años, bordea los $800 mil. Por supuesto, no podemos afirmar que haya aquí una relación causal, pero la relación entre edad al primer hijo e ingresos laborales es sugerente. Mientras solo un 2% de las mujeres con educación universitaria tuvieron un hijo antes de los 18, un 10 y un 17% de las mujeres con educación media completa e incompleta, respectivamente, fueron madres antes de la adultez. No parece demasiado arriesgado pensar que esto tenga algún efecto sobre los ingresos futuros.

En suma, hay aquí una desigualdad que no ha sido destacada y que tiene consecuencias importantes. Hay, entonces, un papel para el Estado: educación sexual, acceso a anticonceptivos, retención y apoyo a las mujeres madres en el sistema educativo y salas cuna que no aumenten el costo de contratar mujeres, entre otras. Y, por cierto, educación, educación y educación, porque, como lo sugirió Marian Wright Edelman, no hay mejor anticonceptivo que un futuro brillante.

Isabel Aninat S.

Isabel Aninat S.

Áreas de Investigación: Pueblos Originarios, Convenio 169, Institucionalidad política, Ley de Partidos.

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Loreto Cox A.

Loreto Cox A.

Área de Investigación: educación superior, distribución del ingreso, opinión pública.

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Adolfo Fuentes W.

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