Opinión El Mercurio, 23 de octubre de 2016

Persiguiendo un recuerdo

Ernesto Ayala M. |

Sorprendente película. Tiene una estructura lo suficientemente firme como para mantener al espectador curioso sobre lo que viene.

El rastreador de estatuas.
Dirigida por Jerónimo Rodríguez.
Estados Unidos y Chile, 2015, 71 minutos.

Se ve simple y es compleja, parece ingenua y es muy sofisticada. "El rastreador de estatuas", el segundo largometraje del chileno Jerónimo Rodríguez, recién estrenado en Chile, en la sala Cine Radical, es una película difícil de clasificar. La convención la pondría en el género documental, pero el director rompe esa clasificación al incorporar un relato literario en él, una historia narrada por una voz en off . Esa voz nos habla de Jorge, un director de cine que vive en Nueva York y repentinamente recuerda un paseo que realizó con su padre quince años atrás, en el que este le mostró, cree recordar, una estatua de Antonio Egas Moniz, un neurólogo portugués que ganó el Nobel en 1949. Jorge aprovecha sus viajes a Santiago para tratar de encontrar la estatua y recuperar parte de la memoria de su padre. Claro que nunca aparece en cámara, tampoco se escucha su voz, aun cuando sí vemos lo que él filma.

Jorge, como no cuesta adivinar, es posiblemente un alter ego del director, un mecanismo retórico para evitar hablar de sí en primera persona, ya sea por pudor, para que su película no sea clasificada -y vista- como otro documental más de un hijo sobre su padre, para darle algo de distancia y frialdad al relato o para sentirse libre de inventar, de ficcionar, y no apegarse estrictamente a los hechos. El papá de Jorge está muerto y la búsqueda de la estatua nace posiblemente porque lo extraña o se siente culpable de no haber estado más cerca de él. En la vida real, el padre podría estar vivo y todo ser un invento muy fino, una estrategia para contar una historia creíble y emotiva con recursos acotados. Es posible, aunque quizá improbable.

"El rastreador...", entonces, no tiene actores, pero sí personajes -Jorge, su padre, la pareja de Jorge, amigos-; cuenta una aparente ficción, pero sus imágenes son documentales; tiene tensión dramática -Jorge insiste en buscar la estatua de Egas Moniz a lo largo de varias estaciones del año-, pero casi no hay trama. En estos juegos, Rodríguez es un digno heredero de Raúl Ruiz, quien reflexionaba sobre los mecanismos en que la ficción se convertía en tal o dejaba de serlo, y a quien Rodríguez cita. Hay también aprendizaje de Ignacio Agüero, especialmente en la delicada mirada sobre el paisaje, sobre la ciudad, en una combinación que se mueve entre la atención, la sorpresa y el afecto sobre lo que nos rodea. Porque "El rastreador..." es también un registro sobre el paisaje inmediato, ya sea en Brooklyn, Ñuñoa o San Diego, sobre lo que cambia y lo que permanece, sobre cómo todo eso se convierte en parte de lo que somos.

Sorprendente película. Tiene una estructura lo suficientemente firme como para mantener al espectador curioso sobre lo que viene, pero a la vez lo suficientemente suelta como para permitirse derivar, incluir imágenes arbitrarias, apuntes domésticos, partes que por sí mismas no parecen necesarias, pero que en la suma se hacen parte gustosamente del todo.

Desde cierto punto de vista, la cinta es una reflexión sobre cómo el tiempo erosiona todo, desde los descubrimientos de la ciencia, el prestigio intelectual, los viejos locales que nos gusta frecuentar y, por cierto, nuestros recuerdos. Todo se disuelve, tarde o temprano. Desde otro punto de vista, sin necesariamente contradecir el anterior, la cinta puede leerse como la elegía de un hijo a su padre, pudorosa, contenida, que utiliza inteligentes disposiciones y juegos para hablar, sin nunca mencionarlo explícitamente, del extrañamiento, la culpa y el vacío que nos puede dejar la muerte del padre.

 

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