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Pet shop boys en Viña

Joaquín Trujillo S..

Pet shop boys en Viña

Escribió John Gay, poeta inglés del siglo XVIII “las únicas bestias las cuales la música no ha logrado civilizar son los propios músicos”. Así que tal vez nunca logremos saber lo que este dúo entiende sobre las implicancias de su excelsa basura de submundo que yo no me canso de aplaudir.

Mientras, como el Rey Enrique VIII, las bandas musicales se divorcian en forma sucesiva a tal punto que con ellas ocurre lo de la Barca de Teseo (ninguno de sus integrantes actuales proviene de la conformación original), la amistad indisoluble entre los socios Neil Tennant y Chris Lowe es uno de los grandes misterios del pop. Los dos integrantes de Pet Shop Boys funcionan como un piloto y su copiloto, un reverendo y su chapel master en la oscura catedral que revuelven las luces. Al ritmo de truenos como en “It’s a Sin”, la prédica es una mezcla de discursos rítmicos y sentencias fulminantes que el organista electrónico transforma en las voces que se multiplican exponencialmente en un coro invisible.

La electrónica en la música surgió de las experimentaciones de compositores de vanguardia como Stockhausen o Luigi Nono. Se deslizó hacia los barrios popularesy los conquistó. La acusación que la música concreta hacía a esta nueva sonoridad arrancada a la electricidad, no importó. La mismísima galaxia del rock quedó reducida a una expresión conservadora, fóbica a la irrealidad de las escuchas prefabricadas. Y el pop electrónico hizo de las discotecas los antros de las clases medias y trabajadoras del hemisferio capitalista, siempre bajo el prejuicio del bad taste.

Pet Shop Boys ha sido una de esas bandas que retrucó redoblando la apuesta, convirtiendo íntimas plegarias como “Always on My Mind” en un tagadá bailable. Cuando en 1993 lanzaron “Go West”, cover de Village People que sepultó al original (y que ya a veces no interpretan por copyright), acompañado del videoclip que los mostraba como la checa ahora fluorescente de “Fahrenheit 451”, en un rítmico gospel, misa de réquiem, marcha fúnebre de la URSS recientemente caída, llamaron la atención de mis oídos y ojosa pesar de la imagen interferenciada de la pantalla de televisor de la zona rural. Y la verdad que empezó a sonar en las radios comunales, en las micros locales, en los actos oficiales de las escuelas.

Si bien han venido a Chile muchas veces, su paso por el Festival de Viña del Mar en febrero de 2026 es un tardío reconocimiento a la música que acompañó a personas de mundos muy distantes, tantos del East End equivalente, pero también de las edades más distintas. Y, por supuesto, rincones recónditos.

Uno de los aspectos de la cultura popular, como en su momento lo fue el teatro de Shakespeare, es su covalencia universal. El arte anglosajón desde fines del siglo XVI ha sido un ejemplo, tal vez el más espectacular. El mal gusto del terror de Allan Poe y ni decir Lovecraft, el tono rosa de Jane Austen, la fonda de Kenny Rogers, el salpicón de Pollock, son indiscutibles triunfos plebeyos, ante los cuales las estrategias de la intelligentsia organizada del pueblo resultan esbobizantes e inútiles.

Escribió John Gay, poeta inglés del siglo XVIII “las únicas bestias las cuales la música no ha logrado civilizar son los propios músicos”. Así que tal vez nunca logremos saber lo que este dúo entiende sobre las implicancias de su excelsa basura de submundo que yo no me canso de aplaudir.