Es en estos pequeños detalles, donde se violenta la intimidad y el afecto, en los que la Restauración —aparentemente sólida— comienza a agrietarse, hasta sucumbir finalmente ante una nueva revolución en 1830.
Parece que toda época revolucionaria es seguida inevitablemente de una de restauración. Al menos, esa es la precaución desde que, en 1814, la Revolución francesa —ya moderada bajo la impronta de Napoleón— fue desmantelada junto con el propio emperador, tras su exilio a la isla de Elba.
A partir de aquel año, la corona fue devuelta a un miembro de la Casa de Borbón: Luis XVIII. De inmediato, los monárquicos que habían vivido sometidos o exiliados durante el periodo revolucionario y el Imperio abandonaron su discreción. Al regresar a Francia, intentaron restablecer aquel mundo que el proceso transformador parecía haber destruido para siempre.
En ese contexto, alertados por las ambiciones de los realistas, los partidarios de Bonaparte facilitaron su regreso a París, provocando la huida del monarca. Esta breve etapa se conoce como “los Cien Días”, periodo en el que Napoleón retomó el mando del país hasta su derrota definitiva en 1815, momento en que Luis XVIII recuperó el trono.
Los sectores más conservadores se esforzaron por revertir las profundas transformaciones impulsadas por la Revolución y el régimen napoleónico. Sin embargo, en muchos casos, estos cambios habían calado de tal forma que resultaba imposible retrotraer la realidad a 1789. La Revolución había sido auténtica; Napoleón, un líder genuino. No era tan sencillo como se suponía llevar a cabo una restauración absoluta.
De hecho, en la Carta Otorgada (la constitución que el rey acordó con el Parlamento) permanecieron vigentes numerosas novedades políticas y económicas. Aunque los monárquicos más radicales intentaron ejercer el papel restaurador que el rey evitaba por prudencia, el proceso terminó siendo una suerte de amalgama entre ingredientes antiguos y nuevos. Los gustos del paladar social habían cambiado de manera irreversible.
Escritores como Honoré de Balzac y Stendhal retrataron en sus novelas el destino de los personajes bajo este cielo abochornado.
El coronel Hyacinthe Chabert, protagonista de la novela homónima, oficial de alto rango de Napoleón a quien se daba por muerto en la batalla de Eylau, cuando regresa a París diez años después, descubre que su esposa se ha casado con un conde arribista, y ella se niega a reconocerlo para no poner en peligro su nueva posición social. Y haciéndole creer que sigue enamorada, él prefiere continuar muerto.
Julien Sorel, protagonista de “Rojo y negro”, un joven talentoso pero de origen humilde, se ve obligado a ocultar en su habitación un retrato de Napoleón, a quien admira profundamente, para evitar el rechazo de sus empleadores, mientras se va involucrando sentimentalmente con sus patronas.
Estos personajes padecen, de distintas formas, los rigores de la Restauración. Ninguno puede vivir conforme a sus ideales y ambos terminan derrotados por la sinceridad de sus sentimientos. Es en estos pequeños detalles, donde se violenta la intimidad y el afecto, en los que la Restauración —aparentemente sólida— comienza a agrietarse, hasta sucumbir finalmente ante una nueva revolución en 1830.



