Opinión | La Tercera, 3 de diciembre de 2017

Un par de curiosidades republicanas

Los tiempos han cambiado. Antes la riqueza era una señal y garantía de independencia. La renta mínima les permitía a los parlamentarios deliberar y decidir con libertad. La seguridad económica era un antídoto contra la corrupción.

Aunque el liberalismo y el republicanismo comparten sus orígenes, sus caminos ideológicos se separaron. Ambas tradiciones defendían y daban su vida por la libertad. Pero en la historia del pensamiento político las dos corrientes, unidas al comienzo por el más noble fin político que es la libertad, divergen en un momento de la historia. Y pese a que la libertad las unía, en los tiempos modernos se han resaltado más las diferencias que las concordancias y similitudes entre ambas.

Los liberales defienden la libertad como un principio contrario a cualquier interferencia externa. Su fin es satisfacer la sagrada libertad de cada individuo para llevar adelante su propio proyecto de vida sin coacción ni coerción alguna. Es la libertad de cada persona para hacer lo que le parezca en el ámbito privado. Eso sí, sin perjudicar ni dañar a otro y, por supuesto, respetando el rule of law. De ahí la desconfianza ante el Estado o cualquier institución con poder para invadir o limitar dicha libertad. La libertad republicana, en cambio, pone el foco en la independencia como principio, en no ser esclavo ni estar sujeto al arbitrio de otro u otros. Su enemigo original es la monarquía y su fin es proteger la amenazada libertad de los ciudadanos garantizando la independencia. Pero en su evolución histórica el republicanismo ha puesto mayor énfasis en la capacidad del Estado para velar por dicha independencia. Y el liberalismo, en la desconfianza hacia éste.

Pese a estos contrastes, pienso que entre ambas corrientes hay más complementariedades que diferencias. El republicanismo clásico, que tiene su origen en la tradición grecorromana que resucitó durante ese maravilloso fenómeno cultural, político, social y económico que fue el Renacimiento, todavía nos entrega lecciones. Particularmente en la historia de Chile donde en los comienzos de nuestra República de alguna forma se entremezclaban virtuosamente ambas corrientes.

En nuestra Constitución de 1833 aparecen los grandes temas de la época. Y hay algunos detalles en los que conviene detenerse. El capítulo 1 es Del Territorio. El segundo De la Forma de Gobierno definida como "popular representativa", el tercero De la Religión que la define como "Católica, Apostólica y Romana" (una imposición, por cierto, nada de republicana, ni liberal), el cuarto De los Chilenos y el quinto Del Derecho Público. En este importantísimo capítulo se consagra ese principio tan liberal como republicano de la "igualdad ante la ley", la idea de "impuestos en proporción a los haberes", y la importancia del derecho de propiedad y de la libertad de expresión como fundamentos de la sociedad. Sin lugar a dudas estos principios, tan liberales como republicanos, nos permitieron un siglo XIX muy exitoso en comparación a otros países de Latinoamérica.

Pero lo interesante es el Capítulo sexto Del Congreso Nacional. De acuerdo a la Constitución de 1833 "se elijirá un diputado por cada veinte mil almas, y por una fracción que no baje de diez mil" (sic.). Este detalle nos lleva a pensar sobre una arista de la reciente reforma electoral. Nuestro actual sistema electoral – un híbrido de proporcional con binominal, que fue diseñado por la Nueva Mayoría con la mentalidad del Realpolitik y del ceteris paribus - trajo, por cierto, varias sorpresas. Una de ellas es el piso para ser elegido. En estas elecciones 31 diputados fueron elegidos con menos del 5% de los votos. Esto significa que un 20% de nuestros 155 diputados representan a sus distritos con menos de un 5%. Este tema, sumado a la fragmentación y proliferación de partidos, demanda una reflexión más profunda de lo que será un gran desafío para nuestro sistema presidencialista.

Y aquí viene otro detalle propio del republicanismo que nos recuerda lo que era la relación entre el dinero y la política. La constitución de 1833 les exigía a los diputados "una renta de quinientos pesos, a lo menos". Y a los senadores "una renta de dos mil pesos, a lo menos". Junto a Ignacio Briones, Decano de la Escuela de Gobierno de la UAI, hemos estimado que una renta de quinientos pesos de esa época equivaldría a una renta anual de unos cien millones de hoy. Esto significa que los diputados debían tener ingresos independientes de unos ocho millones al mes. Y los senadores, de unos treinta y dos millones al mes.

Los tiempos han cambiado. Antes la riqueza era una señal y garantía de independencia. La renta mínima les permitía a los parlamentarios deliberar y decidir con libertad. La seguridad económica era un antídoto contra la corrupción. Pero hoy es justo lo contrario: cualquier detalle que se pudiere vincular con pesos o patrimonio, inmediatamente ese convierte una fulminante fuente de sospechas. Por ejemplo, el diputado PPD, Daniel Farcas, enfrentó duros cuestionamientos por ser el más rico o uno de los más ricos de la Cámara de Diputados. Para qué hablar de los sostenidos y viles ataques que ha recibido Sebastián Piñera por el sólo hecho de ser rico, demasiado rico.

Es evidente que los nuevos tiempos exigen nuevos estándares y transparencia. Y es muy sano lo que ha sucedido en Chile en estas materias. Debemos celebrar todo lo que hemos avanzado. Pero tampoco debemos olvidar que la riqueza no es sinónimo de maldad ni malas intenciones. Las ganancias, bien habidas, no son solo el fruto de ese lucro burdo y simplón sobre el cual se cacareó con más premura y oportunismo que reflexión y mirada de largo plazo.

Sin lugar a dudas el candidato Piñera ha sido el caso más bullado o la víctima más emblemática de esta curiosidad histórica. No obstante, amparados en el republicanismo clásico - esa corriente que muchos jóvenes abrazan con entusiasmo –, su pesada fortuna podría ser una virtud. En fin, con el tiempo las ideas cambian. Y a ratos, cargadas de ironía.

Leonidas Montes

Leonidas Montes

Ver más del autor