¿Todo va a estar bien para la segunda mitad del partido? En materia de actividad, difícilmente veremos un desempeño tan débil como el de la primera fracción. Pero una cosa es que la economía vuelva a crecer y otra que esa mejora llegue al mercado laboral. Es ahí donde se jugará la parte más difícil del segundo tiempo.
Publicada en diarios regionales.
Cristina de Suecia (1626-1689) fue una de las reinas más extraordinarias de todos los tiempos. Originalmente protestante, tal cual los monarcas de su reino, los católicos la amaron porque se convirtió al catolicismo, pero lo cierto es que ella se transformó más bien a la libertad religiosa y de conciencia.
Además, fue una protectora de las artes plásticas y escénicas. Reunió grandes colecciones de pintura y promovió el teatro, especialmente la ópera, que entonces emergía cada vez más suculenta. Ella misma participó en papeles menores, supuestamente indignos de su rango, como el de camarera.
En la tradición del emperador Marco Aurelio, Cristina escribió una colección de pensamientos, a la manera de los famosos aforismos de La Rochefoucauld. Uno de ellos dice: “Los tontos son más peligrosos que los ateos”. Estos pensamientos sueltos, verdaderas citas citables, pueden ser leídas hoy en páginas web de todo el mundo, muchos de ellos en esas versiones apócrifas y mal atribuidas que son prueba indesmentible de su prolongada divulgación.
Los protestantes vieron con escándalo a esta mujer que había caído presa de los jesuitas, que abdicó al trono para devolverse al oscurantismo y que, para más remate, se fue a vivir a Roma, en compañía de los papas, con los que, dicho sea de paso, protagonizó más de algún conflicto.
Por ejemplo, revelándose una suerte de Medea nórdica que acaba mostrándose salvaje, de paso por Francia, Cristina mandó ejecutar a un escudero en quien descubrió a un espía. La Iglesia la reprendió, recordándole que ya no era monarca, y con eso había perdido esa autoridad sobre la vida humana.
Los reyes de otros tiempos, como Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, buscaron esa incomodidad fructífera que es la compañía de filósofos, Aristóteles, el más célebre. Lo hicieron también los del siglo XVIII, como Federico de Prusia, con Kant, o la imponente Catalina “la Grande”, con Voltaire.
Pero Cristina de Suecia a mediados del siglo anterior, antes de abdicar, atrajo a su corte la presencia de René Descartes, que se trasladó a las regiones nórdicas para enseñar a oscuras. Hacía algunos años antes, el frío le sugirió el experimento de derretir cera en la estufa, descubriendo que pese a las transformaciones físicas, el entendimiento nos permite asegurar la continuidad de las cosas a través de sus distintos estados. El hostil clima de Estocolmo que sufrió a consecuencia de madrugar para impartir lecciones a la monarca no le dejó continuar a él.
Cristina fue la que dijo: “La grandeza y el amor son como perfumes; quienes los llevan apenas los sienten”. El resto sí los percibe, y la reina reflexionó, según se ve, sobre la mejor fórmula del poder que se ejerce sobre los otros, a partir de su propia experiencia a la cabeza de Suecia.
Asimismo, sobre la irritabilidad del poder, Cristina observó: “La mosca más insignificante saca de quicio al león más terrible”. Porque, desde su posición de poder, la reina vio que éste es también una manifestación de la debilidad.
Y este año se cumplen 400 del nacimiento de Cristina.



