Opinión | El Mercurio, 4 de septiembre de 2017

Vacíos en la centroderecha

Si aspira a convocar, generar avances y proyectarse -como toda mayoría que se asuma como tal-, la coalición debe ser capaz de representar las distintas miradas que expresan sus electores, que, por lo demás, son las de todos los ciudadanos.

Hay quienes sienten que las encuestas no describen medianamente bien la realidad y prefieren confiar en sus percepciones cotidianas. La experiencia muestra que no es un método muy confiable. Sin embargo, cuando las encuestas coinciden con las percepciones personales, ya no hay cómo negar la realidad. El desencanto de los ciudadanos con la política es una de esas realidades innegables.

La pregunta del millón es por qué. De dónde proviene este creciente desencanto con los políticos. La respuesta más fácil es culpar a los escándalos de financiamiento, regalías especiales o tráficos de influencia que la política chilena ha conocido en los últimos tiempos. Pero no parece suficiente. Hay que considerar causas más complejas que, hipotetizamos, tienen que ver con la forma en que los políticos representan o hablan por sus electores o, para decirlo de otro modo, con la sintonía que demuestran con sus formas de ver el mundo.

Para ilustrar esta idea nos aproximamos a las opiniones de la población respecto de dos temas recientes de la agenda pública: aborto y matrimonio igualitario. Tomando como base encuestas recientes del CEP es posible observar la poca alineación que, de acuerdo a ejes políticos o ideológicos, existe en estos asuntos. Así, por ejemplo, respecto del aborto, el 50% de las personas identificadas con la derecha manifestaron estar a favor del aborto en casos especiales, y otro 20% estuvo por aceptarlo como una opción para las mujeres en cualquier caso (CEP, mayo 2017). Es decir, el 70% de las personas identificadas con la derecha aceptan el aborto en alguna circunstancia. Los números no son especialmente distintos si el análisis se hace para quienes prefieren a Piñera como Presidente. En esta dimensión, esos votantes no piensan demasiado distinto de los que apoyan a candidatos de centroizquierda. Sin embargo, resulta muy sorprendente que estos matices no encuentren eco en los congresistas de centroderecha: ninguno de los parlamentarios de los partidos que integran Chile Vamos respaldó el proyecto de despenalización del aborto en tres causales.

Sobre el matrimonio igualitario, por lo menos el 34% de los eventuales votantes de Piñera están de acuerdo o muy de acuerdo en que la ley permita esta posibilidad (CEP, mayo 2017). Sin embargo, el candidato presidencial de Chile Vamos recientemente se manifestó en contra de la idea, señalando que el matrimonio tenía que ser reservado a un hombre y una mujer, porque su razón de ser se funda en la procreación. Es difícil pensar que esta idea premoderna le haga sentido a ese tercio de sus votantes (o incluso a los que rechazan la idea del matrimonio igualitario). Además, es muy probable que una vez que comience la discusión, esta proporción, en lugar de reducirse, crezca significativamente.

Esta manera de procesar la representación política lleva muchos años en Chile, y es razonable pensar que tiene buena parte de la culpa del divorcio entre la élite y la población (que, en otras dimensiones, afecta también a la centroizquierda y sus líderes). Tanto entre los votantes de derecha como de izquierda hay diversidad de miradas sobre los temas que Chile debe enfrentar. Si la clase política conserva la esperanza de recuperar algo de la confianza perdida, debiera esforzarse por lograr una sintonía más fina con sus electores, aceptar mejor que el mundo en blanco y negro en que se mueve en sus batallas diarias no está calzando con el mundo de los ciudadanos.

El tema es especialmente sensible para quienes se vislumbran como nuevo gobierno, ya que compromete su futuro político. El ex Presidente tiene altas posibilidades de volver a ceñirse la banda presidencial y Chile Vamos podría obtener la primera mayoría relativa en el próximo Congreso o acercarse a ello. Pero eso no asegura que tengan un gobierno exitoso. Si aspira a convocar, generar avances y proyectarse -como toda mayoría que se asuma como tal-, la coalición debe ser capaz de representar las distintas miradas que expresan sus electores, que, por lo demás, son las de todos los ciudadanos.

Puede haber consideraciones tácticas en las definiciones que observamos en Sebastián Piñera y en Chile Vamos. Después de todo, el electorado está desmovilizado, y apuntar al votante más comprometido, que con su voto aspira a defender valores que son centrales para él, puede ser una estrategia exitosa en el corto plazo. Pero se corre el riesgo de que ello sea pan para hoy y hambre para mañana. Los votantes están cambiando rápidamente. La modernización económica va acompañada de cambios culturales irreversibles. El ciudadano siente que tiene cada vez más control de su destino y quiere tener la libertad de vivirlo de la manera que estime más conveniente, en un escenario de igualdad de derechos. Si esta idea no es abrazada con entusiasmo por la centroderecha, su proyecto político, más allá del eventual éxito electoral de noviembre próximo, tendrá dificultades para seguir avanzando.

Ernesto Ayala M.

Ernesto Ayala M.

Editor de la revista Estudios Públicos.

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Harald Beyer

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