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Necesitamos medir la productividad de nuestras regiones

Roberto Cases V..

Necesitamos medir la productividad de nuestras regiones

«Buena parte del debate sobre actividad y productividad se concentra en cifras nacionales o sectoriales, pese a que las realidades regionales son profundamente distintas. (…) No basta saber cuánto producen, también importa entender cómo utilizan sus recursos.»

Publicada en Medios Regionales.

Un reciente estudio sobre la salmonicultura recordó que las actividades productivas no conocen de fronteras administrativas. Según estimaciones presentadas por SalmonChile, la industria sostiene cerca de 338 mil empleos y aporta aproximadamente US$7.000 millones a la economía chilena. De esta última cifra, el 72% se materializa fuera de las cuatro regiones del sur del país donde se concentra la actividad.

El resultado muestra que una industria puede generar valor mucho más allá del territorio donde se desarrolla. Además, invita a una reflexión: ¿cuánto sabemos sobre el desempeño productivo de nuestras regiones? Esta pregunta es clave para impulsar el crecimiento y el empleo.

Buena parte del debate sobre actividad y productividad se concentra en cifras nacionales o sectoriales, pese a que las realidades de Antofagasta, Biobío o Magallanes son profundamente distintas. Difieren en sus actividades económicas, capital disponible, infraestructura, fuerza laboral y vínculos con otros territorios. No basta saber cuánto producen, también importa entender cómo utilizan sus recursos.

Medir la productividad, sin embargo, es complejo. Una primera aproximación consiste en medir la productividad laboral, es decir, el valor agregado por trabajador o por hora trabajada. Aunque útil, no equivale necesariamente a eficiencia. Una región minera puede exhibir una alta producción por trabajador debido a sus recursos naturales y maquinaria, sin ser por ello más eficiente. Además, los promedios regionales dependen de qué actividades predominan en cada territorio.

Por ello, comprender las diferencias de productividad exige considerar la composición sectorial y las dotaciones de capital y trabajo. Para orientar políticas, el análisis debe complementarse con información sobre los encadenamientos entre territorios. La minería, por ejemplo, demanda servicios de ingeniería, transporte y mantenimiento que provienen desde otras regiones. Estos vínculos, aunque no miden por sí mismos productividad, permiten identificar oportunidades.

No partimos desde cero. Las cuentas económicas desagregadas, desarrolladas con apoyo de Corfo y el BID, permiten estudiar relaciones productivas entre provincias y sectores. El estudio de la salmonicultura ilustra su potencial.

El siguiente paso debería ser complementar estos avances con mediciones periódicas y comparables de productividad regional y datos para explicar sus diferencias.
Sus aplicaciones serían concretas. En algunos territorios, venir podrían de la conectividad y la infraestructura logística; en otros, de fortalecer competencias laborales, facilitar la adopción tecnológica o remover cuellos de botella que dificultan el crecimiento de las empresas. Un mejor diagnóstico permitiría orientar los recursos públicos, así como evaluar sus resultados.

Chile necesita una agenda de crecimiento que reconozca su diversidad productiva. Medir mejor la productividad regional, sin perder de vista los vínculos entre territorios, permitiría identificar oportunidades de mejora y las políticas necesarias para aprovecharlas.