
¿Perderé el trabajo frente a la
Inteligencia Artificial?
Por Mauricio Salgado y Gabriel Ugarte
Si está leyendo esta columna en su computador o teléfono móvil, probablemente ya ha interactuado con herramientas como ChatGPT o Copilot. En Chile, su adopción ha sido veloz: cuatro de cada cinco trabajadores declaran usarlas. Esta revolución tecnológica ha abierto oportunidades, pero también ha despertado temores. ¿Nos quitarán el trabajo? ¿Qué tan fundadas son estas preocupaciones según el riesgo real de automatización? ¿A quiénes preocupa más quedar obsoletos frente a las máquinas? En esta columna analizamos los resultados de la última Encuesta CEP para comprender cómo se vive la digitalización del trabajo en Chile y qué grupos se sienten más amenazados.
Entre la ansiedad y el riesgo
Desde fines del siglo XX, se ha instalado una visión apocalíptica del cambio tecnológico: un futuro sin trabajo, marcado por la automatización de tareas manuales y rutinarias que dejaría a millones de personas sin empleo. Más recientemente, el excepcionalismo de la IA ha modificado la discusión. La IA generativa representaría una ruptura respecto de olas anteriores de automatización, pues ella puede asumir tareas cognitivas complejas, hasta ahora consideradas dominio exclusivo de trabajadores calificados. En la era digital, ni los blue-collar ni los white-collar estarían a salvo.
Estas transformaciones cargan el presente de ansiedades. La preocupación ante la automatización del trabajo no surge solo del temor a quedar obsoletos frente a las máquinas, sino de una presión actual: la experiencia del riesgo. La incertidumbre sobre lo que ocurrirá en pocos años con las tecnologías digitales obliga a las personas a anticiparse y decidir hoy, aunque sin garantías. Esta conciencia de que el futuro dependerá de nuestras decisiones actuales produce una forma específica de ansiedad: nos preocupa lo que viene, pero sobre todo estar actuando mal ahora ante lo que vendrá.
Las instituciones (las empresas, el Estado, la legislación) reducen estas ansiedades: al delinear los contornos del futuro orientan las decisiones individuales en el presente. Sin soportes institucionales, la ansiedad crece, pues la gestión del riesgo se hace más dependiente de la experiencia personal directa.
Estas ansiedades se expresan en los sondeos de opinión. En la reciente Encuesta CEP, un 52% de los encuestados que posee trabajo remunerado está muy preocupado o bastante preocupado de que las tecnologías digitales reemplacen muchos de los trabajos realizados por las personas en los próximos cinco años (ver Figura 1). Es decir, existe una fuerte inquietud social por el reemplazo de trabajadores debido a la digitalización laboral.


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Pero esta ansiedad es menor cuando se refiere al empleo propio: solo un 26% declara estar muy o bastante preocupado por la posibilidad de que su trabajo sea reemplazado por las tecnologías digitales. Esta diferencia sugiere que la experiencia directa con el propio empleo actúa como un filtro que reduce la percepción de riesgo. ¿Se justifica este nivel de preocupación por la obsolescencia laboral? La respuesta depende del tipo de ocupación: en algunas, más tareas pueden ser automatizadas que en otras.
Brechas entre preocupación y riesgo de automatización
Diversos estudios han calculado el riesgo de automatización para el empleo en Chile1. En conjunto, estos estudios proyectan que entre el 17% y el 27% de las ocupaciones se encuentran en alto riesgo2 de ser automatizadas, con una mediana del 23%. Llama la atención que esta cifra sea similar al 26% de los trabajadores que declaran estar muy o bastante preocupados por esa posibilidad. Sin embargo, esta aparente correspondencia oculta importantes brechas según características sociodemográficas del trabajador.
La Figura 2 muestra que los empleos de calificación media son los más expuestos a la automatización, en línea con lo reportado en la literatura internacional. No obstante, quienes expresan mayor preocupación por este fenómeno son los trabajadores de baja calificación, con niveles de inquietud casi 20 puntos porcentuales por encima del promedio nacional. Este desajuste podría reflejar una percepción más aguda de vulnerabilidad frente a los cambios tecnológicos o mayor incertidumbre sobre el futuro del trabajo. También podría indicar que los métodos actuales subestiman la exposición de este grupo (Abud 2023).


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En cuanto a las diferencias según sexo (Figura 2), tres estudios coinciden en que los hombres tienen una mayor proporción de empleos con alto riesgo de automatización. Sin embargo, los niveles de preocupación reportada no presentan diferencias significativas entre hombres y mujeres, aunque son levemente más altos entre estas últimas.
Al analizar según nivel de ingresos, dos estudios encuentran que tanto los quintiles más bajos como los más altos muestran una menor proporción de empleos expuestos a la automatización, en comparación con los grupos medios. Esta distribución en forma de «U» invertida podría estar vinculada con la concentración de tareas automatizables en ciertos segmentos intermedios del mercado laboral. En la Encuesta CEP solo se cuenta con cinco categorías de nivel socioeconómico, que no se distribuyen en forma homogénea. Aun así, es posible observar que solo el grupo ABC1 (6% de la población) manifiesta niveles más bajos que el resto de los grupos (diferencia estadísticamente significativa).
En resumen, los datos sobre el riesgo de automatización muestran que tanto los trabajadores de los quintiles más altos como de los más bajos, al igual que quienes se desempeñan en ocupaciones más y menos calificadas, enfrentan un menor riesgo de automatización. No obstante, en términos de preocupación subjetiva, esta menor exposición solo se refleja entre los grupos de alta calificación y nivel socioeconómico elevado. A su vez, el mayor riesgo que enfrentarían los hombres tampoco se traduce en mayores niveles de preocupación relativos, no encontrándose diferencias significativas según sexo.
¿A quiénes preocupa más la digitalización del trabajo?
Como se vio más arriba, no todos temen por igual la automatización del trabajo. Con los datos de la última Encuesta CEP podemos identificar quiénes están muy o bastante preocupados de que su trabajo sea reemplazado por robots, programas informáticos o la IA en los próximos cinco años, controlando simultáneamente por distintas características sociodemográficas y laborales de los trabajadores.
Según los resultados presentados en la Figura 3, la preocupación es más alta entre los trabajadores mayores de 65 años. Este grupo, que ingresó al mundo digital en etapas avanzadas del ciclo de vida, representa a los llamados “inmigrantes digitales”: personas que han debido adaptarse al uso de nuevas tecnologías, pero sin alcanzar la familiaridad de quienes crecieron con ellas. Aunque lograron manejar el idioma digital, lo hacen con acento e inseguridad. A su vez, los trabajadores en ocupaciones de baja calificación muestran niveles de ansiedad significativamente más altos que quienes se desempeñan en puestos de calificación alta.


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El efecto de la digitalización sobre la preocupación por el reemplazo laboral es ambivalente. Por un lado, quienes usan con mayor frecuencia herramientas digitales en su trabajo tienden a estar menos preocupados. La familiaridad con estas tecnologías implica un mayor dominio sobre ellas, pero también una apreciación más clara de sus beneficios. Por otro lado, quienes perciben que la digitalización ha aumentado considerable o moderadamente en los últimos tres años en sus trabajos tienen un 83% más de probabilidades de estar preocupados por perder su empleo, en comparación con quienes perciben que se ha mantenido igual. Por tanto, en contextos laborales de automatización reciente y acelerada, la ansiedad crece.
Finalmente, declararse competente en las habilidades digitales para el trabajo no tiene un efecto claro sobre esta preocupación. Tampoco lo tiene haber participado en algún curso de capacitación en los últimos 12 meses. Algo sorprendente considerando que la adaptabilidad al futuro pasa por la adquisición de nuevas competencias en el presente. El hallazgo podría deberse a que quienes se perciben con menor preparación digital —quienes más podrían beneficiarse— son precisamente los que menos acceden a capacitación (ver Bonus 3). El resultado sugiere en todo caso una insuficiencia de los soportes institucionales (las políticas de capacitación laboral disponibles) para facilitar la transición de los trabajadores hacia la era digital.
Reflexiones finales
Los resultados de la Encuesta CEP muestran que, si bien el 52% de los trabajadores está preocupado porque las tecnologías digitales reemplacen muchos de los trabajos realizados por las personas, solo a un 26% le preocupa que su propio empleo pueda ser reemplazado. Esta brecha sugiere que la transformación digital se percibe como una amenaza mayor a nivel colectivo que individual, probablemente influida por narrativas alarmistas, mientras que la experiencia directa con el propio trabajo tiende a moderar esa ansiedad.
Los trabajadores más preocupados son también los más vulnerables: aquellos en ocupaciones de baja calificación —aun cuando su riesgo objetivo es menor—, entre los adultos mayores y en contextos de digitalización reciente. En contraste, quienes ya usan estas tecnologías con frecuencia en su trabajo tienden a sentirse más seguros. Llama la atención que esta preocupación no se explica por el nivel de habilidades digitales autorreportadas ni por haber participado en capacitaciones. Más que por las competencias digitales, la ansiedad parece explicarse por su experiencia personal.
Sin soportes institucionales que faciliten la transición, la presión sobre el presente queda modulada por la experiencia y el ciclo de vida individual. En la era de la inteligencia artificial, la actualización de competencias y el aprendizaje continuo son más esenciales que nunca. La tarea que tenemos pendiente es fortalecer y alinear la oferta de formación a los desafíos de la digitalización.
BONUS | Módulo CEP-ISSP: Orientaciones laborales V
1. Años 2015 y 2025: parecidos, pero ni tanto


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El módulo laboral de la encuesta ISSP 2025 permite comparar la percepción de las personas sobre su trabajo entre mayo-junio de 2025 y abril-mayo 2015. Como muestra la Figura 4, ambos corresponden a periodos de debilidad en el mercado laboral, aunque de naturaleza distinta. En 2015, Chile atravesaba un período de débil crecimiento del empleo (se crearon solo 55.800 puestos de trabajo), en contraste con el dinamismo de los años previos. En cambio, el escenario de 2025 refleja una fragilidad más persistente, en el contexto de una recuperación lenta y fragmentada tras los efectos de la pandemia y la crisis social. En ese mismo trimestre se crearon apenas 14.570 empleos, la cifra más baja registrada para ese periodo desde 2010, excluyendo la pandemia.
Así, mientras en 2015 las dificultades podían interpretarse como un quiebre tras un ciclo expansivo, en 2025 se insertan en una trayectoria de debilidad del mercado laboral más prolongada. Este contexto podría incidir en una adaptación de las expectativas y en formas distintas de evaluar tanto la situación económica como la experiencia laboral.
2. “Camiseteado” y satisfecho: el perfil del empleado 2025


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Los resultados evidencian una mejora sostenida en la percepción que tienen los trabajadores sobre su experiencia laboral en comparación con 2015. Actualmente, un 64% de los ocupados declara estar totalmente o muy satisfecho con su trabajo, frente al 57% registrado diez años atrás. Esta tendencia positiva se refleja también en distintos aspectos del empleo, tal como se observa en la Figura 5, que muestra un aumento en el compromiso con la empresa y la valoración del trabajo como una actividad interesante y socialmente útil, así como mejores relaciones tanto entre compañeros como con los niveles directivos.
Estos cambios se dan en paralelo a un aumento significativo en la confianza en las empresas privadas: mientras que en abril 2015 solo el 13,5% de las personas decía tener mucha o bastante confianza en las empresas privadas, este porcentaje aumentó a 26% en 2025. En ese sentido, la mejora en la experiencia laboral que reportan los trabajadores parece estar en sintonía con un entorno institucional más valorado y confiable.
3. Sin habilidades y sin capacitación: la alarma que se enciende


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Un 20% de los trabajadores ocupados declara tener “ninguna” o “poca” preparación en habilidades digitales e informáticas para desempeñar bien su trabajo. Se trata de un grupo que, por su autopercepción, podría beneficiarse significativamente de instancias de formación. Sin embargo, lejos de participar más que otros, su acceso a capacitación es incluso más bajo: solo un 39% de ellos accedió a algún curso en los últimos 12 meses, en contraste con el 49% entre quienes reportan niveles más altos de preparación digital.
Por otra parte, un 13% de los trabajadores declara que su empleo no requiere habilidades digitales. Esta percepción puede reflejar tanto la realidad de ciertos oficios menos expuestos a la tecnología como una posible subvaloración del rol que estas herramientas ya cumplen en tareas cotidianas. Este grupo, además, presenta la menor participación en capacitación (16%), lo que podría limitar su capacidad de adaptación frente a eventuales procesos de reconversión laboral.
Notas
1 Se revisaron ocho estudios que utilizan enfoques basados en tareas o metodologías ocupacionales ajustadas a la realidad latinoamericana. Las investigaciones analizadas fueron: Fundación Chile (2017); Hawksworth, Berriman y Goel (2018); Nedeloska and Quintini (2018); Bravo, García y Schlechter (2019); Weller, Gontero y Campbell (2019); Katz, Callorda y Jung (2021); Abud (2023); y Acuña y Bravo (2023).
2 Corresponde a empleos que tienen más de un 70% de probabilidad de ser automatizados. Para los análisis utilizando el Índice de Intensidad de la Rutina, corresponde al cuartil más alto.
Sobre los autores
Mauricio Salgado es PhD en sociología computacional por la University of Surrey, Inglaterra. Fue también investigador postdoctoral en la Universitat Autònoma de Barcelona, España, en el Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional (GSADI). Actualmente se desempeña como investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP) y es profesor colaborador del Doctorado en Educación y Sociedad de la Universidad Andrés Bello.
Gabriel Ugarte es Ingeniero Civil Industrial y magíster en Ciencias de la Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y magíster en Políticas Públicas de la Universidad de Chicago. Actualmente se desempeña como investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP) y es docente en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad de Los Andes. Además, es miembro del Panel de Expertos de la Encuesta CASEN.


Además del análisis de nuestros investigadores, Mauricio Salgado y Gabriel Ugarte, sobre la digitalización del trabajo en Chile, a continuación compartimos breves apuntes sobre aspectos que también dejó en evidencia la última Encuesta CEP y que dan algunas luces sobre la sociedad chilena.
1. Mujeres vs hombres: la inesperada brecha de género en la identificación partidaria


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Desde los inicios de la Encuesta CEP, se ha medido la identificación o simpatía con partidos políticos, un indicador clave para evaluar la conexión entre la ciudadanía y el sistema político. Además de mostrar qué partidos generan mayor cercanía, esta pregunta permite dimensionar cuántas personas se sienten parte del sistema partidario en general, ofreciendo una valiosa aproximación a la distancia entre élites políticas y ciudadanía.
Si bien la tendencia general ha sido una disminución en la identificación partidaria (con un mínimo histórico del 14% en diciembre de 2019, inmediatamente después del estallido social), en junio-julio de 2023 se observó un alza al 38%, que se mantuvo en mediciones posteriores. Sin embargo, en la encuesta actual (mayo-junio 2025) se registra una caída significativa: solo un 28% de la población declara identificarse con algún partido político. Este grupo se compone mayoritariamente de personas con altos niveles educacionales, con altos ingresos, y con una posición en el eje ideológico, ya sea hacia la izquierda o la derecha. Además, tienden a tener una evaluación positiva de la situación económica, tanto personal como del país.
Pero quizás lo más llamativo es la brecha de género. Como muestra la Figura 7, durante las últimas dos décadas los hombres se han identificado sistemáticamente más que las mujeres con partidos políticos. En esta medición, esa diferencia se amplía a 8 puntos porcentuales, la mayor en diez años. Esta disparidad toma especial relevancia en un contexto de extrema baja confianza en los partidos (solo un 4% declara tener ‘mucha’ o ‘bastante’ confianza) y de año electoral, con el acercamiento de las primeras elecciones presidenciales y parlamentarias bajo voto obligatorio e inscripción automática, en que 76% de las mujeres que no se identifican con algún partido tendrán que asistir a las urnas.
2. La noticia que hizo sonreír a monseñor Chomali


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Hace poco más de 15 años, la Iglesia Católica se ubicaba consistentemente entre las 5 instituciones en las que más se confiaba, con porcentajes de confianza alrededor del 50%. En los últimos 15 años, sin embargo, la situación ha cambiado notoriamente. Como se muestra en la Figura 8, en 2011 el porcentaje de confianza en la Iglesia Católica era de 37%, la que fue disminuyendo hasta que marcó su menor nivel: 14% en diciembre de 2019, luego del estallido social.
No obstante, desde ese menor nivel de confianza, la Iglesia Católica ha visto lentamente cómo ésta se ha recuperado. En particular, la actual medición marcó su mayor crecimiento en su historia: 5 puntos porcentuales más que la encuesta N°93 con una diferencia de dos meses en su registro. Este crecimiento se ha visto impulsado principalmente por adultos mayores (39% de confianza) y quienes miran con optimismo la actual situación económica del país, así como futura (36% en ambos casos), y la situación política actual de Chile (40%).
3. Salud: la preocupación que se agrava


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La salud se ha instalado como una preocupación transversal en el país. En la última Encuesta CEP N° 94, se posiciona como el segundo problema más importante que el gobierno debería abordar, con un aumento de 12 puntos porcentuales respecto a la medición de agosto-septiembre de 2024. Este incremento se acompaña de una transformación en el perfil de quienes manifiestan esta preocupación: mientras que en la CEP N° 92 predominaba entre mujeres y en las macrozonas Norte y Sur + Austral, hoy se extiende a ambos sexos y a todas las zonas del país. Como muestra la Figura 9, la brecha entre hombres y mujeres se ha reducido en todas las macrozonas, señalando un cambio relevante en la distribución territorial y de sexo en la demanda por una mejor salud.
Este aumento coincide con un deterioro sostenido en la percepción de la salud personal: actualmente, un 35% de la población declara tener una salud ‘más o menos’ o ‘mala’, la cifra más alta desde el inicio de esta serie en 2015. Esta percepción negativa se concentra principalmente en mujeres, personas con menor nivel educacional, residentes de zonas rurales, con ingresos bajos y que se ubican en los tramos inferiores de la escala social. Además, quienes evalúan negativamente su salud tienen una visión igualmente pesimista sobre la situación económica personal y del país, tanto actual como futura. La estacionalidad de la medición, realizada en otoño-invierno, podría haber intensificado esta percepción, en un contexto de mayor circulación de enfermedades respiratorias.


En nuestro canal de YouTube está disponible la comparecencia de Sandra Quijada, coordinadora de Opinión Pública CEP, con todos los datos de la Encuesta CEP N° 94 (Mayo-Junio 2025), la cual, como parte de nuestra alianza con el ISSP, lleva el módulo especial: “Orientaciones laborales V”.
Además, aquí podrás descargar la presentación completa junto a sus anexos.










