El reloj del cambio tecnológico avanza más rápido que la adaptación en la formación de capital humano, un problema que se repite en todos los niveles. (…) Paradójicamente, mientras en la industria tecnológica se discute levantar el pie del acelerador, en educación todavía no empezamos a pisarlo.
El reciente llamado del director de Anthropic, Dario Amodei, sobre moderar el ritmo de progreso de los modelos de Inteligencia Artificial (IA), da cuenta de lo vertiginoso de los avances tecnológicos en tiempos recientes. En este contexto, una de las preocupaciones que suele acaparar la opinión pública radica en el mercado laboral, particularmente, en la automatización.
“Me reemplazarán” y “nos van a quitar el trabajo” son algunas de las frases que esgrimen algunas personas cuando se refieren a procesos de automatización. Recientemente, el Banco Central, en su Informe de Política Monetaria de septiembre, entregó algunas cifras que se relacionan con estos temores.
La fuerza de trabajo chilena presenta una de las mayores exposiciones al riesgo de automatización entre los países de la OCDE. Además, quienes estaban en ocupaciones de alta exposición a la automatización en 2022 tenían una menor probabilidad de seguir ocupados en el sector formal tres años después (Salgado y Ugarte, 2025).
Sin embargo, el mismo análisis del Banco Central entrega un dato que invita a mirar más allá de la automatización. La exposición alcanza un 65% entre quienes solo tienen educación escolar y baja a 38% entre quienes tienen educación superior. El riesgo, entonces, no depende sólo de los avances tecnológicos, sino también de las habilidades con que las personas se adaptan a estos cambios.
Si las habilidades son una suerte de seguro frente a la automatización, cabe preguntarse qué tan preparadas llegarán al mercado laboral las próximas generaciones.
La evidencia reciente no arroja respuestas muy alentadoras. Los resultados PISA 2025, publicados este mes, muestran una realidad doblemente preocupante para el futuro del mercado laboral y la adaptación a las nuevas tecnologías. Por un lado, los estudiantes chilenos de 15 años obtuvieron 436 puntos en lectura, 12 menos que en la medición anterior, y 403 puntos en matemática, 9 puntos menos que en 2022 y el peor resultado desde que el país participa en la medición.
Por otro, el informe PISA revela que la Inteligencia Artificial (IA) ya es parte del día a día de los estudiantes, con un 51% que declara usarla al menos una vez por semana para aprender, por sobre el 46% del promedio de la OCDE.
El problema no está en el uso, sino en cómo se usa. Según la OCDE, los estudiantes que recurren a chatbots a diario para redactar sus trabajos obtienen cerca de 30 puntos menos en ciencias que quienes no los usan, lo que equivale a más de un año de escolaridad.
Esto no prueba que la IA sea la causa del mal rendimiento, pero entrega una señal clara: sin una base sólida en razonamiento y lectura, la IA deja de ser una herramienta de aprendizaje y se vuelve simplemente un atajo tentador.
Lo anterior también abre interrogantes en torno a la educación superior. En una reciente entrevista, el rector de la Universidad Católica, Juan Carlos de la Llera, advirtió sobre la urgencia de actualizar los currículos ante los avances tecnológicos.
Adaptar la educación terciaria a las nuevas tecnologías implica repensar qué se enseña y cómo se evalúa, y exige una profunda reflexión sobre las habilidades que requieren las personas que enfrentarán un mercado laboral cada vez más dinámico.
El reloj del cambio tecnológico avanza más rápido que la adaptación en la formación de capital humano, un problema que se repite en todos los niveles. En el escolar, porque sin bases sólidas es difícil aprovechar las nuevas herramientas. En la educación superior, porque un cambio curricular toma años en diseñarse, acreditarse e implementarse. Y entre quienes ya forman parte de la fuerza de trabajo, además, se encuentra el desafío de una formación continua cada vez más ágil.
Los jóvenes que rindieron PISA el año 2025 llegarán al mercado laboral a comienzos de la próxima década, con herramientas que hoy quizás ni siquiera podemos imaginarnos. Paradójicamente, mientras en la industria tecnológica se discute levantar el pie del acelerador, en educación todavía no empezamos a pisarlo.
Abordar las modificaciones del mercado laboral ante las nuevas tecnologías exige ir más allá del temor a perder el trabajo por la automatización, así como preguntarse si estamos formando a las personas que trabajarán con estas nuevas herramientas y qué cambios son necesarios. A fin de cuentas, la tecnología no va a esperar a que nos pongamos al día.


