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El miedo que no se va

Mauricio Salgado O..

El miedo que no se va

Si queremos enfrentar de manera más eficaz la violencia delictiva, debemos partir por reconocer su impacto emocional y las profundas huellas que deja.

‘El miedo no se te quita nunca’. Así resumió una víctima de una encerrona lo que significa vivir un robo violento de vehículo en Chile. Su testimonio no es una excepción. En un estudio del Centro de Estudios Públicos, publicado en el reciente libro “Violencia en Chile. La fragilidad del orden social”, entrevistamos a víctimas de portonazos o encerronas. Más allá del delito en sí, lo que documentamos es el efecto persistente que tiene en la vida de quienes lo sufren.

Estos delitos no solo arrebatan un bien material. Interrumpen bruscamente la vida cotidiana y fracturan el sentido de seguridad personal. Ocurren cara a cara, pues el atacante requiere la presencia de la víctima de modo de arrebatarle las llaves del vehículo. Para el victimario, el tiempo apremia. Tiene segundos para imponer su voluntad a través del miedo, dejando a la víctima en una posición de sometimiento emocional, casi sin posibilidad de reacción.

Esto marca un cambio radical en la experiencia de la violencia delictiva. Ser víctima de un delito violento en Chile ya no significa solo ser asaltado. Hoy implica ser sometido, con brutalidad y bajo amenaza de muerte, a las demandas del victimario. La experiencia es mucho más traumática. Hoy es más común que los victimarios actúen en grupo, sean muy jóvenes, usen armas de fuego y mediante gritos y amenazas dejen en claro que están dispuestos a usarlas.

Los relatos de las víctimas muestran que esta experiencia deja marcas duraderas. Aunque el evento es breve, sus consecuencias se extienden en el tiempo. El miedo se reaviva cotidianamente: cuando bajan del auto frente a su casa, cuando se detienen en un semáforo, cuando otro vehículo realiza una maniobra repentina. Estos recordatorios los empujan a adaptar sus rutinas y evitar lugares u horarios. Algunos dejaron de conducir. Sufrir un delito violento es también perder libertad.

Además, hoy esta violencia no queda contenida en la experiencia de quien la sufre: se propaga en los medios y redes sociales en imágenes y relatos, alimentando así una percepción social de inseguridad constante, como un peligro que amenaza a cualquiera.

El miedo residual del delito —aquel que se queda grabado por la experiencia traumática— convive con una sensación de impotencia. Muchas víctimas expresan rabia, no solo la pérdida material sufrida, sino también por el sometimiento experimentado y la falta de respuestas institucionales. Frente a ello, articulan distintas formas de reparación: desde la necesidad de castigar al culpable hasta el deseo de cambios normativos o acompañamiento emocional.

En tiempos en que la seguridad ocupa un lugar central en el debate público, es clave escuchar estas voces. No basta con registrar las cifras de delitos. Es urgente comprender qué vive una persona cuando es violentamente asaltada, y cómo ese episodio altera su relación con el entorno, con los otros y consigo misma. Si queremos enfrentar de manera más eficaz la violencia delictiva, debemos partir por reconocer su impacto emocional y las profundas huellas que deja.