(…) decir que Chile estaba predestinado a ser independiente en una fecha tan temprana como 1810 es a todas luces excesivo. Pero igualmente equivocado sería negar la relevancia del 18 de septiembre: por primera vez en casi tres siglos, los habitantes locales practicaban el autogobierno, con sus reglas, sus redes comerciales, sus relaciones con otras potencias europeas.
Se acerca un nuevo 18 de septiembre y Chile parece paralizarse. Las calles de las principales ciudades del país se llenan de banderas tricolores, de bailarines de circunstancia en los semáforos y de sonidos más o menos tradicionales, según la ocasión.
En las zonas rurales pasa algo similar, pero el foco está puesto en la ganadería y uno que otro deporte ecuestre. La semana del 18 no es, en realidad, una sola semana: nos pasamos el mes entero haciendo planes, escuchando música chilena, comprando la empanada que acaba de ganar el último concurso y limpiando nuestras parrillas para hacer como que somos parrilleros.
Poca gente se pregunta, no obstante, por qué el 18 es el 18, es decir, por qué celebramos una fecha en específico y no otra. ¿A qué se debe que otras efemérides importantes, como la Declaración de la Independencia o la batalla de Maipú, no tengan el mismo peso histórico? Gracias a estudios como los de Paulina Peralta, hoy está documentado que fueron los primeros gobiernos decimonónicos los que se decantaron por poner las fichas conmemorativas en septiembre y que, desde entonces, gobierno tras gobierno, presidente tras presidente, se ha usado dicha fecha –sumada al 19– para decirle al mundo que Chile es independiente y que cuenta con un ejército nacional que así lo ratifica.
Ahora bien, para que eso sucediera debió pasar mucha agua bajo el puente.
La Junta de Gobierno de septiembre de 1810 fue la respuesta de un grupo de ‘vecinos’ reunidos en el centro de Santiago para tomar una decisión respecto al futuro del ‘reino’ luego de que los ejércitos napoleónicos invadieran la Península Ibérica y descabezaran el imperio español. Según la teoría de la retroversión de la soberanía –inspirada en la propia escolástica española–, cuando una autoridad desaparece (ese fue el caso del rey Fernando VII), el poder vuelve al ‘pueblo’ con el fin de que sea este el que forme una nueva autoridad. En esa época, por ‘pueblo’ se entendía a los vecinos propietarios, y su canal de expresión eran los cabildos de las principales ciudades. Fue así como la Junta de septiembre surgió del corazón del Cabildo de la capital, tal como había ocurrido antes en Caracas, Buenos Aires y Santa Fe de Bogotá.
Se podría decir, entonces, que los juntistas chilenos usaron una herramienta tradicional para salir del entuerto. De hecho, la Junta juró lealtad a Fernando VII y nadie, ni siquiera los más radicales, pusieron en duda la legitimidad del régimen monárquico. Al mismo tiempo, sin embargo, todo el diseño político de ese día fue pensado y ejecutado a espaldas de las autoridades españolas que intentaban gobernar el imperio. Se trató, por lo mismo, de un acto revolucionario; no en el sentido marxista del término (no hubo un cambio estructural en los modos de producción), sino en cómo se entendería desde ahí el origen y el ejercicio del poder.
Por supuesto, no hay que exagerar las consecuencias de la Junta ni los objetivos políticos de sus responsables, como si ese día se hubiera sellado el camino inexorable hacia la independencia y la república. Como la mayoría de las llamadas revoluciones atlánticas, la chilena abrió un periodo de gran incertidumbre, en el que la solución de las armas fue constantemente utilizada por las facciones que surgieron al calor del movimiento juntista. Tanto así que la revolución pronto se transformó en una guerra civil entre quienes defendían posiciones más o menos moderadas, más o menos refundacionales. Y, como en toda guerra civil, cualquiera de los bandos en disputa podría haber vencido.
En resumidas cuentas, decir que Chile estaba predestinado a ser independiente en una fecha tan temprana como 1810 es a todas luces excesivo. Pero igualmente equivocado sería negar la relevancia del 18 de septiembre: por primera vez en casi tres siglos, los habitantes locales practicaban el autogobierno, con sus reglas, sus redes comerciales, sus relaciones con otras potencias europeas. Eso es lo que conmemoramos cada año durante este mes festivo. Ni más ni menos.



