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Kast, Lula y las razones de Estado

Juan Luis Ossa S..

Kast, Lula y las razones de Estado

«La política exterior no es el lugar para darse lujos ideológicos. Cuando un presidente se comunica con uno de sus pares, no lo hace en nombre de su partido, sino en nombre del país entero. Su primera obligación es resguardar los intereses permanentes de Chile por encima de las simpatías del momento.»

Publicada en El País.

La noche del domingo, cuando ya estaba claro que Lula había ganado la segunda vuelta con poco más del 51% frente a Flávio Bolsonaro, José Antonio Kast tomó el teléfono y lo llamó. Lo felicitó, le dijo que Chile y Brasil tienen todo un futuro por delante y colgó. Al día siguiente, el presidente brasileño agradeció el gesto en público y habló de una agenda compartida. Hasta ahí, nada que no haya hecho cualquier mandatario chileno en los últimos treinta años.

Y, sin embargo, el llamado molestó. Desde la derecha más a la derecha, algunos lo vieron como una concesión, casi una traición. Otros lo leyeron como un signo de debilidad, como si un presidente debiera medir sus saludos según el color político de quien está al otro lado de la línea. Me parece que ambas lecturas se equivocan, y que vale la pena explicar por qué.

Comencemos por lo más obvio. Lula fue elegido democráticamente. Uno puede discrepar de su trayectoria, de su programa y de sus amistades internacionales, y aun así reconocer que los brasileños votaron y decidieron. En un momento así, el saludo oportuno deja de ser un trámite protocolar y se convierte en una manera de sostener la regla más básica de la convivencia democrática. Quien gana gobierna y quien pierde acepta.

Bolsonaro, en cambio, eligió el camino opuesto. Primero dijo que era imposible reconocer el resultado y anunció que pediría anular la elección, como si una derrota por tres puntos y medio fuera prueba de fraude y no simplemente de que la mayoría votó por otro candidato. Después, cuando la justicia brasileña le ordenó entregar sus pasaportes en una investigación por lavado de dinero, salió del país rumbo a Estados Unidos con la promesa de obtener visados por parte de la administración Trump. Es difícil imaginar una peor manera de perder. Quien aspiraba a gobernar Brasil terminó desconociendo sus instituciones y escapando de ellas. Y lo hizo, curiosamente, hacia un país cuyo presidente enfrenta unas duras elecciones de medio término.

Luego está la importancia de lo que hay en juego. Brasil es un país inmenso, la mayor economía de América Latina y uno de los principales socios comerciales de Chile en la región. Allí hay mercados, inversiones y oportunidades que ningún gobierno chileno, sea del signo que sea, puede permitirse descuidar. A eso se suma una agenda que no admite esperas, porque el crimen organizado hace tiempo que dejó de respetar fronteras y porque la integración económica avanza con o sin nosotros.

Hay también una razón histórica que suele pasarse por alto. Chile y Brasil han mantenido durante más de un siglo una relación notablemente pacífica, en buena medida porque no somos vecinos inmediatos. No hay entre nosotros litigios limítrofes ni heridas territoriales que alguien pueda reabrir en un mal día. Esa amistad fue cultivada por políticos de las más diversas tendencias, y es un activo que debe seguir cuidándose.

En efecto, la política exterior no es el lugar para darse lujos ideológicos. Cuando un presidente se comunica con uno de sus pares, no lo hace en nombre de su partido ni de su sensibilidad personal, sino en nombre del país entero. Su primera obligación es resguardar los intereses permanentes de Chile por encima de las simpatías y antipatías del momento. Esa fue, con matices, la lección que la diplomacia chilena aprendió hace décadas y que nos ha ahorrado más de un dolor de cabeza.

Quienes desde la derecha critican a Kast parecen creer que la firmeza consiste en negarle el saludo al adversario, lo que no deja de ser paradójico considerando que esos mismos sectores le reprochaban –con razón– a ciertos gobiernos de izquierda que subordinaran las relaciones internacionales a sus afinidades ideológicas. La coherencia, cuando se la invoca, no puede admitir dobles estándares.

Al llamar a Lula esa misma noche, Kast hizo lo que se espera de un jefe de Estado. Separó la contienda política de las razones de Estado, que son más grandes y duraderas que cualquier gobierno. En una región donde la polarización tiende a contaminarlo todo, incluida la diplomacia, ese gesto de realismo merece ser reconocido. Aunque incomode a algunos de los propios.