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Aldo Mascareño: “Parisi logró reconocer a un actor distinto y un problema social: una clase media emergente que estaba al margen”

Aldo Mascareño.

Aldo Mascareño: “Parisi logró reconocer a un actor distinto y un problema social: una clase media emergente que estaba al margen”

El investigador del CEP publica, en coautoría con Juan Rozas, La condición posdemocrática en Chile, un ensayo que retrata la crisis de representación de la democracia y la emergencia de fuerzas autoritarias, identitarias y populistas. Identifica a un nuevo público, casi el tercio de la población, indiferente políticamente: una clase media emergente que fue ignorada por los partidos tradicionales y a la que Parisi «está dando forma política».

Las señales más tempranas aparecieron a fines de los 90. Cuando la democracia se ampliaba, el mercado y el consumo crecían, surgieron los primeros jóvenes apáticos con el sistema. Casi 30 años más tarde, aproximadamente un tercio de la población se declara “indiferente” políticamente: les da lo mismo la democracia o la dictadura, porque en último término, “hay que vivir la vida solo”. De clase media baja o emergente, los indiferentes desconfían de los políticos tradicionales, sienten que la democracia liberal no cumplió sus expectativas y su mayor motivación es el trabajo, dice el investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP) Aldo Mascareño.

Sin intención de movilizarse políticamente, el indiferente está movilizando a los nuevos partidos. A él se orientaron el PDG, Kaiser y Kast en la última elección.

Doctor en Sociología y académico de la UAI, Mascareño publica La condición posdemocrática en Chile, junto a Juan Rozas, investigador también del CEP. Editado por el sello Ariel, el libro lleva el subtítulo Política al borde del colapso.

Basado en estudios del propio CEP y del Núcleo Milenio, el libro dibuja un retrato de la crisis de representación de la democracia contemporánea, y el modo en que se abre hoy a recursos conflictivos para ella misma: el autoritarismo, la causa de las identidades y un renovado populismo digital.

A inicios del 2000, el británico Colin Crouch difundió la idea de posdemocracia, como una fase en que se mantienen las formalidades de la democracia, pero se pierde el “vínculo sustantivo” con ella. Mascareño y Rozas concuerdan con la distancia de los públicos con la política, pero valoran significativamente los procedimientos de la democracia.

Así, la condición posdemocrática no designa una fase posterior a la democracia, sino la forma que esta adopta cuando se enfrenta a las sociedades complejas.

La democracia persiste, pero se ha distanciado de sus públicos y necesita recomponer esa relación. Nuestra tesis central es que intenta hacerlo mediante recursos políticos y motivacionales provenientes de formas que siempre se consideraron opuestas a ella: el autoritarismo, el identitarismo, el populismo e incluso la indiferencia política.

– En los últimos años pasamos del estallido social al auge explosivo de la migración y la delincuencia. ¿Son síntomas de una democracia que dejó de responder a las expectativas ciudadanas?

Son causa y consecuencia. En los 90, y todavía en los 2000, había mucho entusiasmo y expectativas respecto de la democracia. Buena parte de la explicación de lo que vino después no es únicamente chilena. Tiene que ver con las limitaciones del Estado para solucionar problemas globales y con la inmediatez y la capacidad crítica de las redes sociales, un orden informativo mucho más dinámico, descentralizado y no editorializado que el de los medios del siglo XX. Después tuvimos la mayor ola migratoria de nuestra historia, el estallido, la pandemia, los dos procesos constitucionales y una transformación de la delincuencia. Antes uno temía que le robaran el celular en la calle; ahora teme que lo descuarticen. Esa es la diferencia de los últimos 10 años.

Para el autor, estos factores “debilitan las expectativas sobre la democracia liberal y hacen que el orden político comience a buscar recursos en otras dimensiones, por ejemplo, el autoritarismo. Se habla de crisis de autoridad en el colegio, en la familia y en las calles. Autoridad no es autoritarismo, pero hay una relación: la demanda que parece estar detrás es que falta jerarquía”.

A su vez, agrega, “desde el populismo se extrae la división entre una élite política y económica corrupta y un pueblo virtuoso. El PDG empleó muy bien ese recurso, pero también consiguió una revinculación afectiva con públicos que los partidos tradicionales ninguneaban o no lograban observar: el mundo popular y esa clase media emergente a la que Parisi está dando forma política. La izquierda podía considerarlos “fachos pobres”; la derecha, simples populistas. Esa estigmatización hizo eficaz el recurso al reconocimiento material y simbólico”.

(…)

– La elección de Kast levantó temores de autoritarismo, mientras a la izquierda se le enrostran sus intentos refundacionales. ¿Qué riesgos implicaría un gobierno de Parisi?

La pregunta reúne tres expresiones de nuestra condición posdemocrática. El Frente Amplio tuvo pretensiones refundacionales e identitarias, pero la democracia liberal logró contenerlas mediante un proceso abierto y la discusión pública. En el segundo proceso, los republicanos entraron con una fuerte agenda valórica y también fueron contenidos. Cuando Kast ganó se habló de un retroceso democrático, pero hasta ahora eso no ha ocurrido. Nuestra democracia liberal sigue controlando sus excesos.

Con Parisi podría pasar algo similar. La pregunta decisiva es si sus decisiones socavan los fundamentos de la democracia liberal: la división de poderes, los derechos fundamentales, las elecciones y la alternancia. Si alguno comienza a ser atacado, estaremos ante un eventual camino al colapso.

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