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¿Quién pone la música? La importancia de gobernar en coalición

Centro de Estudios Públicos, Sebastián Soto V., Alfonso España M..

¿Quién pone la música? La importancia de gobernar en coalición

Boletín N°30 | Agosto 2026

¿Quién pone la música?
La importancia de gobernar en coalición

Por: Sebastián Soto y Alfonso España.

En las últimas semanas, ha rondado con más fuerza la necesidad de conformar una coalición política formal en las derechas. La acusación constitucional contra el ministro Nicolás Grau, las declaraciones de Johannes Kaiser sobre quién fija la agenda del gobierno, la negociación con el Partido de la Gente (PDG) en el proyecto de reconstrucción, diversas declaraciones de figuras del oficialismo y tantos otros episodios han mostrado la necesidad de abrir esa conversación de un modo más sistemático. ¿Es razonable conformar una coalición política y electoral en el oficialismo? ¿Qué razones habría para hacerlo? ¿Sobre qué fundamentos debiera construirse?

En esta nueva entrega de nuestro boletín proponemos algunas razones por las cuales sería conveniente la conformación de una coalición formal que reúna a las derechas y entregue estabilidad y gobernabilidad al proyecto político que ellas encarnan. Si el proyecto político de las derechas aspira a permanecer en el tiempo, esta nueva coalición generará muy seguramente un reordenamiento de las fuerzas en su interior, lo que debe planificarse ex ante y no simplemente constatarse ex post.

Este argumento, que apunta principalmente a los cuadros dirigentes del oficialismo, se complementa con una próxima publicación que mira las preferencias de las personas que se declaran de derecha o cercanos a ella e identifica las “clases latentes” cobijadas en su interior (Fernández y Mascareño 2026). Ambas perspectivas buscan entregar insumos para un debate imprescindible.

 

El “pacto” oficialista hoy

En estos meses se ha configurado un pacto oficialista que tiene al menos tres particularidades.

La primera es que, por primera vez desde el retorno de la democracia, el pacto legislativo que sirvió de base a la elección parlamentaria y que más tarde llegó a La Moneda no conformó una coalición de gobierno. Así, “Cambio por Chile”, que unió al Partido Republicano (PR), al Partido Nacional Libertario (PNL) y al Partido Social Cristiano (PSC), no permaneció más allá de la elección, pues los libertarios se declararon tempranamente de “leal oposición”. Se trata de una anomalía: hasta ahora, los partidos integrantes del pacto electoral triunfante gobernaron siempre en coalición.

La segunda particularidad, al menos en las derechas, es que el núcleo del gobierno está compuesto de dos alianzas electorales que compitieron en la elección previa (Cambio por Chile y Chile Grande y Unido – Renovación Nacional, Unión Demócrata Independiente, Evolución Política y Demócratas). Esto, con todo, repite lo ocurrido en materia de coaliciones durante el gobierno del presidente Gabriel Boric.

Por último, y como tercera particularidad, la cohesión oficialista en el Ejecutivo no se ha replicado en el Congreso. Por el contrario, pareciera que hay una creciente tendencia a la descoordinación y una deliberada competencia de parte de distintos actores por erosionar cualquier atisbo de pacto (Fernández y Mascareño 2026).

Ninguna de estas tres características permite extraer, por sí misma, conclusiones categóricas sobre el futuro del oficialismo. Sin embargo, reunidas dan cuenta de las dificultades que podría tener cualquier iniciativa que intente configurar una coalición. De ahí la necesidad de ponderar las razones que hacen deseable avanzar hacia la conformación de una coalición formal del oficialismo versus su ausencia, sin perder de vista las complejidades que esto conlleva debido a las diferencias al interior del sector.

 

¿Por qué gobernar en coalición?

Las derechas del mundo enfrentan un buen número de desafíos (ver Para Profundiza 1). La chilena le suma, además, la dificultad de construir alianzas internas. A continuación, planteamos algunas razones para promover un pacto oficialista.

La primera razón para consolidar una coalición es la gobernabilidad. El sistema político chileno se ha levantado tradicionalmente sobre un presidencialismo de coalición en un contexto multipartidista (Mella 2023, 78 y Soto y Pinto 2025, 309). Necesariamente, entonces, el jefe de gobierno debe construir alianzas con algunos partidos políticos que integran el Congreso. La coalición que nace de ese pacto orienta las políticas que lidera el gobierno y se coordina por medio de mecanismos formales e informales. Igualmente, el oficialismo forma cuadros políticos nacionales y regionales que luego alimentan la vida partidaria y la gestión pública. De la coherencia y trabajo coordinado de esa coalición en el Ejecutivo y en el Congreso dependen, en gran medida, la gobernabilidad y estabilidad política del respectivo período presidencial. Obviamente no se trata de una bala de plata que asegura el éxito político, ya que coaliciones extremadamente grandes corren el riesgo de perder una identidad clara o tener dificultades para lograr acuerdos. Pero la experiencia muestra que la cohesión del oficialismo ordena la acción política en toda la línea, apacigua a la oposición y ofrece escenarios políticos más predecibles.

Una segunda razón para promover una coalición estable se vincula con la fragmentación y sus desafíos. Es sabido que Chile, desde la reforma electoral del 2015, tiene un Congreso más fragmentado. Si en 2013 un total de ocho partidos logró representación en la Cámara de Diputados, en 2025 lo hicieron 17 (Figura 1). Las coaliciones permiten sortear parte de los problemas asociados a la fragmentación en un contexto presidencialista.

Ello ocurre porque contribuyen a conformar núcleos decisorios que reducen los actores con veto en los procesos de negociación, entendidos como aquellos cuyo acuerdo es necesario para modificar el statu quo legislativo (Tsebelis 2002). La fragmentación también puede ser negativa para la calidad de las políticas públicas, porque incide directamente en las instancias del proceso de formulación de políticas (PFP). Como explican Irarrázabal et al. (2020), las políticas son menos coherentes cuando el número de actores que participa en las negociaciones es cuantioso, cuando negocian de forma fragmentada y con horizontes de corto plazo, y cuando existen pocos mecanismos eficientes para lograr acuerdos.

Una coalición formalmente organizada matiza estos riesgos, pues ofrece espacios de negociación y mecanismos de solución de controversias, así como facilita acuerdos intertemporales. Si el contingente legislativo del oficialismo es amplio y disciplinado, “las políticas públicas serán más adaptables, dado que los costos de transacción vinculados con un cambio de las políticas tienden a ser relativamente bajos” (Stein et al. 2006, 28).

 

(Puedes ver la figura en mayor detalle haciendo clic aquí)

 

Una tercera razón para promover una coalición es que ésta contiene la polarización política. En Chile, este fenómeno ha aumentado tras el plebiscito de 2022 (Mascareño et al., 2022). Una coalición modera esta dinámica, porque incentiva la convergencia intracoalicional de intereses. Si bien mantiene las diferencias, exige confluencia y promueve mecanismos internos de solución de controversia. Una coalición ofrece espacios formales de negociación y resolución de conflictos, lo que es relevante para la necesaria (y normalmente esquiva) affectio societatis de un determinado sector. Desde una perspectiva política, la configuración de esta institucionalidad para la convergencia fue una de las virtudes más destacables de la Concertación.

Hay, por último, un argumento menos contingente. Conformar una coalición permite que las derechas enfrenten mejor preparadas los tiempos postdemocráticos en que se desarrolla la política actual. Como han mostrado recientemente Mascareño y Rozas, la posdemocracia combina elementos de la democracia liberal con “actitudes y prácticas políticas autoritarias, identitarias, populistas y de indiferencia política, articuladas en un emergente medio digital” (Mascareño y Rozas 2026, 98).

Los autores no moralizan estás prácticas, sino que muestran cómo se despliegan y tensionan las reglas e instituciones de la democracia clásica (pesos y contrapesos, protección de derechos, etc.). En este contexto, una coalición de derechas permite matizar excesos y converger hacia posiciones que eviten el colapso, esto es, que las prácticas posdemocráticas se terminen imponiendo a las reglas del juego democrático, como ha ocurrido en tantos países del mundo. Algo de esa convergencia puede apreciarse en Europa con las alianzas entre las derechas en el Parlamento Europeo (Mudde 2024, 128). Lo mismo debiera ocurrir en Chile donde, al decir de los autores, “el mástil de la legitimación procedimental ha resistido, pero el propio presente no anticipa trayectorias estables” (Mascareño y Rozas 2026, 29). Las derechas, cual Ulises que se encadena ante la tormenta que viene, debieran encontrar su mástil en una coalición estable.

 

Coalición de gobierno y coalición electoral

Tan importante como formar una coalición de gobierno es conformar una coalición electoral que tenga proyección. Gobernar juntos en La Moneda, para competir luego fuera de ella, es una fuerza centrífuga que dificulta cualquier alianza y deteriora la proyección de un proyecto político. Es evidente que siempre habrá competencia electoral intracoalición, pero ello se somete a ciertas reglas no escritas propias de una cultura coalicional más o menos densa. Nada de ello existe si la competencia es explícita y se da entre coaliciones distintas. En este caso, la lealtad con un proyecto común se reduce considerablemente.

La razón para conformar una coalición electoral no es solo la coherencia y proyección del proyecto político que la sustenta, también hay razones pragmáticas. En sistemas electorales proporcionales con método de repartición D’Hondt, como el chileno, dispersar los votos de los partidos en diversas listas reduce el número de escaños que pueden elegirse, ya que por diseño premia al pacto más votado, especialmente en distritos que reparten un número impar de escaños. La última elección parlamentaria ofrece un ejemplo que debe evaluarse. Aunque no es técnicamente correcto suponer que si las dos listas de derecha hubieran ido unidas el número de votos simplemente se hubiera sumado, sí hay antecedentes que muestran que la unidad favoreció a las izquierdas y la división perjudicó a las derechas.

El Cuadro 1 muestra el resultado de la última elección de diputados. En ella, la coalición conformada bajo el gobierno del presidente Boric fue unida. Esta fue una decisión política deliberada del gobierno anterior que llevó incluso a que el ministro de Agricultura dejara su cargo porque su partido no se sumó al pacto electoral. Las derechas, en cambio, después de interminables discusiones, compitieron en dos pactos (Cambio por Chile y Chile Grande y Unido). El cuadro muestra la diferencia entre el porcentaje de escaños obtenidos y el porcentaje de votación. Como puede verse, esa diferencia tiende a premiar a las colectividades que más votos reciben, en este caso, la alianza de izquierda y centroizquierda (Unidad por Chile).

 

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Los fundamentos doctrinarios de una nueva coalición

Las razones instrumentales –ganar elecciones, aprobar leyes, reforzar la gestión gubernamental– no bastan para sostener una coalición en el tiempo. Los partidos no se alían únicamente por cálculo. Por eso, una coalición de derechas no puede sostenerse solo en la expectativa de recompensas en el corto plazo. Debe fundarse también en razones doctrinarias y prestar atención a la nueva configuración del electorado (ver Para Profundizar 2).

Desde hace un siglo, las derechas –que en lo sustancial se han levantado sobre una alianza liberal conservadora– estructuralmente han estado compuestas de dos partidos fuertes, con sus diversas facciones internas, a los que se suman ocasionalmente fuerzas políticas menores desde la perspectiva electoral. Así fue bajo la Constitución de 1925 con los partidos Conservador y Liberal; lo mismo ocurrió a partir de los noventa con RN y la UDI. La breve fusión en el Partido Nacional y los resultados electorales de esos años ratifican la importancia de dos núcleos electorales en la coalición de derecha.

En esta geografía partidista la identidad de los dos núcleos es diversa. Puede decirse que, con cierta regularidad, la derecha ha tenido un partido más doctrinario y otro más pragmático, que reúne bajo un mismo paraguas a diversas facciones que confluyen políticamente por razones diversas (Guilisasti 1964, Urzúa 1968, Cristi 2018, Fernández y Rumié 2020). Aunque es una categorización algo gruesa, bien podría sostenerse que los partidos doctrinarios más fuertes en las derechas han sido el Partido Conservador y, desde los noventa y hasta hace algún tiempo, la UDI. Y en la misma época, los partidos que agrupan facciones y, por lo mismo, requieren un mayor nivel de pragmatismo, han sido el Partido Liberal y RN.

El escenario actual ha cambiado de actores, pero no de estructura. Chile Vamos, el polo pragmático, es una confederación de partidos y facciones que eventualmente podrían actuar unidos bajo una misma estructura partidaria. Y el núcleo doctrinario está en disputa. En algo menos de una década, los dos partidos de derecha que se declararon de oposición a gobiernos de derecha han intentado agrupar a ese público. Primero fue el Partido Republicano frente al gobierno del presidente Sebastián Piñera. Ahora es el PNL frente al gobierno del presidente José Antonio Kast. Esta práctica, que es contagiosa y algo corrosiva, debiera disuadirse si se conforma una coalición.

 

Conclusión

Hemos argumentado que formalizar una coalición de gobierno y electoral en las derechas, probablemente tenga beneficios para entregar estabilidad, gobernabilidad y una institucionalidad al proyecto político que encarnan. Después de todo, la fragmentación actual no resulta fácil de administrar y dificulta la gestión de cualquier alianza. Esta coalición formal, además, facilitaría un tránsito difícil, pero probablemente inevitable en el largo plazo, hacia un reordenamiento de los partidos que la integran. Y en este proceso podrían resurgir, idealmente, dos nuevos polos mayores: uno más doctrinario y otro que agrupe facciones y, por lo mismo, más pragmático. Así, una gran coalición podría ser el primer paso hacia un posible reordenamiento partidista.


Bibliografía

CRISTI, Renato (2018): Los intelectuales y las ideologías de derecha en el siglo XX. En Iván Jaksic y Susana Gazmuri (eds). Historia Política de Chile, 1810 – 2010. Tomo IV. Intelectuales y pensamiento político. FCE y UAI.

FERNÁNDEZ, Lucas y MASCAREÑO, Aldo (2026): Dime con quién andas… Las proyecciones de una coalición en la derecha. Un análisis en base a la Encuesta CEP 96. Puntos de Referencia del Centro de Estudios Públicos. Inédito.

FERNÁNDEZ, Joaquín y RUMIÉ, Sebastián (2020): Las transformaciones de la derecha chilena: desafíos, adaptaciones y renovaciones (1932 – 2010). En Alenda, Stephanie (ed). Anatomía de la derecha chilena: Estado, mercado y valores en tiempos de cambio. FCE.

GUILISASTI, Sergio (1964): Partidos políticos chilenos. Segunda edición. Editorial Nascimento.

IRARRÁZABAL, Ignacio; LARRAÑAGA, Osvaldo; RODRÍGUEZ, Jorge; SILVA, Ernesto, y Rodrigo VALDÉS (2020): Propuestas para una mejor calidad del gasto y las políticas públicas en Chile. Temas de la Agenda Pública 15, N°120. Santiago: Centro de Políticas Públicas UC. Consulta: https://politicaspublicas.uc.cl/publicacion/propuestas-para-una-mejor-calidad-del-gasto-y-las-politicas-publicas-en-chile/

MASCAREÑO, Aldo, ROZAS, Juan, LANG, Benjamín y Pablo Henríquez (2022): Polarización y fragmentación en la Cámara de Diputados. El escenario del Acuerdo por Chile. Puntos de Referencia del Centro de Estudios Públicos: Santiago. Consulta: https://static.cepchile.cl/uploads/c22/2023/01/pder637_mascareno_etal.pdf

MASCAREÑO, Aldo y ROZAS, Juan (2026): La condición posdemocrática en Chile. Política al borde del colapso. Ariel.

MELLA, Marcelo (2023): Las “líneas rojas” del presidencialismo de coalición en Chile. En Federico Quilci y Juan Ingacio Estévez (comps). En la nave de los Gobiernos de Coalición. Goberanbilidad, fragmentación y dinámicas políticas multinivel. Serie Democracia y Parlamento, Argentina, pp. 69 – 93. Consulta: https://democraciayparlamento.com.ar/wp-content/uploads/2023/07/gobiernos_final.pdf.

MUDDE, Cas (2024): The 2024 EU Elections: The far right and the polls. Journal of Democracy, Vol. 35, N. 4, pp. 121 – 134. Consulta: https://muse.jhu.edu/article/937738

SOTO, Sebastián y PINTO, Simón (2025): Herramientas para un presidencialismo de coalición. Un examen a las atribuciones del presidente y del Congreso Nacional en los procesos constituyentes chilenos. En Grossman, Claudio (ed). La experiencia de transformación constitucional en Chile: distintas perspectivas. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, pp. 307 – 346. Consulta: https://biblio.juridicas.unam.mx/bjv/detalle-libro/7750-la-experiencia-de-transformacion-constitucional-en-chile-distintas-perspectivas

STEIN, Ernesto; TOMASSI, Mariano; ECHEBARRÍA, Koldo; LORA, Eduardo; PAYNE, Mark. (coords.) (2006): La política de las políticas públicas: progreso económico y social en América Latina, Informe 2006. Washington D.C.: Banco Interamericano de Desarrollo / Editorial Planeta.

TSEBELIS, George (2002): Veto Players: How Political Institutions Work. Princeton: Princeton University Press.

URZÚA, Germán (1968): Los partidos políticos chilenos. Las fuerzas políticas. Ensayos de insurgencia política en Chile. Editorial Jurídica de Chile.


Sobre los autores

Sebastián Soto es licenciado en Derecho por la Universidad Católica, máster en Derecho LLM por la Universidad de Columbia y doctor en Derecho por la Universidad de Chile. Actualmente es investigador del CEP y profesor asociado de la Universidad Católica.

Alfonso España es cientista político y magíster en Historia de América Latina por la Universidad Diego Portales. Investigador con más de siete años de trayectoria en el análisis de políticas públicas y modernización del Estado. Actualmente es investigador del CEP.

1. Las derechas en el mundo

Cualquier reflexión sobre las derechas exige partir por Estados Unidos. Por intensidad, fisonomía y proyecciones es ese cambio el que ha motivado más reacciones (Alvarado 2025). El antiguo Partido Republicano, de base electoral religiosa y conservadora, con líderes de vocación más doctrinaria, como Ronald Reagan, y que empezó a consolidar una mayoría legislativa a partir de los noventa con el “Contract with America”, ha sido completamente suplantado por el partido de Donald Trump. Este último, con su estilo y retórica, sus propios cuadros y sus políticas, se ha distanciado de casi todo lo que antes hicieron figuras del GOP, como los Bush, John McCain y Mitt Romney. No por nada todos estos fueron críticos o abiertos opositores de Trump.

Si miramos Latinoamérica, como anota The Economist, la derecha se ha vuelto “Trumpy”. Desde que Trump llegó al poder en su segundo mandato, todas las elecciones de la región las han ganado candidatos de derechas, muchos de ellos superando a los candidatos de centroderecha contra los que compitieron. La lista la inauguró hace años Nayib Bukele y la está cerrando Abelardo De la Espriella en Colombia. Las causas son diversas (la inseguridad, reacción a malos gobiernos de izquierda, estancamiento económico, etc.) y distan de reducirse a la lectura simplista de una deriva autoritaria. Pese a ello, no puede pasar desapercibido que todos los electos coquetean o adhieren explícitamente al populismo de Trump.

Las derechas europeas también están en tensión. En casi todos los países, los partidos de la derecha tradicional han sido desafiados por su extremo derecho. A eso se suma que el entusiasmo democrático parece estar disminuyendo en los electores del sector (Svolik et al. 2023) y que los jóvenes están más propensos a discursos antipolíticos e identitarios (Jakli 2024). Pese a ello, en algunas partes se aprecia una estrategia de moderación y pragmatismo. Es el caso de Giorgia Meloni en Italia y, en general, de las distintas facciones en las derechas que han ido conformando coalición a lo largo de Europa (Mudde 2024, 128). En España, el caso más próximo al chileno, el Partido Popular y VOX han tenido una difícil convivencia política, lo que los ha llevado a competir en lo electoral, pero también a gobernar juntos en algunos de los gobiernos autonómicos.

¿Qué sugiere todo esto a las derechas chilenas? Que hay muchos frentes abiertos, que las particularidades de cada contexto no aplacan riesgos comunes y que las enfermedades políticas son contagiosas. En un escenario donde no hay balas de plata, es imprescindible probar fórmulas que incentiven la convergencia y la estabilidad.

 

2. Un nuevo electorado

La conformación de una coalición de derecha debe considerar las transformaciones que ha sufrido el padrón electoral en los últimos años. La implementación del voto obligatorio desde el plebiscito de 2022 incorporó a más de 5 millones de personas. Se trata de sujetos que en el marco del voto voluntario se abstenían de sufragar y que, en comparación con quienes votaban, tenían menor escolaridad y valoraban menos la democracia (Chuaqui, Le Foulon y Olguín 2023). Dicho electorado, también llamado “indiferente”, se ha transformado en un actor central de la política nacional (Mascareño, Rozas y Gamarra 2025). En la última elección presidencial, los candidatos del PDG y del Partido Republicano fueron los que mejor capturaron el voto de este electorado (España y Larraín 2026). Son personas que priorizan resultados de corto plazo en seguridad y economía, y que demandan un Estado más eficiente. Como priorizan la inmediatez y son económicamente más vulnerables, su adhesión política es inestable y transaccional (España, Izquierdo y Mascareño 2026). Así, el desafío con este nuevo electorado es doble. Por un lado, responder con eficacia a sus problemas de corto plazo. Por otro, ser capaces de cultivar una adhesión que supere la inmediatez, ya que las soluciones de fondo y sostenibles requieren más tiempo.


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En esta edición de Voces del CEP, te recomendamos disfrutar de los siguientes seminarios que ya están en nuestra web y YouTube:

  • «Salud: más allá de las listas de espera», parte del ciclo «Voces en el CEP». El encuentro inició con la conducción de la directora ejecutiva CIPS-UDD, Paula Daza. Luego, se llevó a cabo una conversación entre la ministra de Salud, May Chomali, junto con el presidente de la Comisión de Salud del Senado, Juan Luis Castro. La tertulia fue moderada por el director CEP, Juan Luis Ossa.
  • «Vivienda para todos, recursos para pocos: claves de un déficit complejo». El encuentro se inició con una presentación a cargo de los investigadores del CEP Rosario Palacios y Jorge Rodríguez, que luego dio paso a una conversación con los exsubsecretarios de Vivienda, Gabriela Elgueta (gobierno G. Boric) y Guillermo Rolando (gobierno S. Piñera).

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